“Tú Dios me los confiaste, te los quiero devolver con creces”

Lima, 10/05/14 (Noticias Sodálites – Perú). Hoy en día la vocación de un hijo a la vida consagrada es una noticia difícil de recibir para muchas madres. Elsa la recibió tres veces de sus tres hijos. A pesar del dolor hizo un gran esfuerzo por no interponerse al llamado de Dios, quien con amor le había confiado a Carlos, Daniela y Verónica, y ahora los pedía para servirle.

Elsa Sahurie e hijos

La familia Neuenschwander Sahurie es de Arequipa, en el Sur del Perú. Allí crecieron Carlos, Daniela y Verónica. Carlos es miembro del Sodalicio de Vida Cristiana. Su hermana Daniela es consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y Verónica se desempeña actualmente como consultora. A lo largo de su adolescencia Elsa pudo constatar sobre todo en Carlos y Daniela el llamado del Señor a la vida consagrada, algo para lo que ella asegura Dios la había preparado.

Elsa recuerda con alegría la cercanía que junto a su familia vivió con la Iglesia desde muy pequeña. “Teníamos un ritual junto con mis padres y hermanos que implicaba ir a misa muy temprano los domingos en la mañana y volver a casa pasando por la panadería y poder comer pan caliente en el desayuno. Recuerdo participar de las procesiones y fechas importantes en vestidos largos y oscuros. Luego participé de los Cursillos de Cristiandad y me formé en la espiritualidad jesuita que me ayudó a entender la importancia de vivir bien mi fe. Todo esto creo que me preparó para la vocación de mis hijos. A medida que iban creciendo siempre tuve la sensación de que no eran realmente míos, eran un hermoso préstamo que Dios me hacía para que diera fruto según su Plan. ‘Tú Dios me los confiaste, te los quiero devolver con creces’ pensé”.

Durante su infancia y adolescencia, Carlos, Daniela y Verónica, fueron alentados por su madre a vivir siempre la solidaridad y a aprovechar los dones que Dios les concedía. Les evidenciaba que el colegio al que podían atender sin preocupaciones como trabajar o pasar grandes dificultades financieras, era una bendición y por ello debían dar lo mejor de ellos. La continua presencia de sus amigas, especialmente las que tenían hijos pequeños, era ocasión para que Daniela y Verónica puedan también vivir el servicio atendiendo a los niños y enseñándoles cosas básicas.

Carlos se encontró con el Sodalicio mientras se preparaba para la Confirmación en su colegio. A cargo de su preparación estuvo el ahora Superior General, Alessandro Moroni, a quien Elsa siempre admiró por poder aguantar las travesuras y personalidad de Carlos y sus amigos, a quienes ella conocía bien. “Al principio me causaba preocupación y admiración la fuerza apostólica de Sandro, porque Carlos y sus amigos eran bastante traviesos. A diferencia de sus hermanas y el coro de voces y risas que causaban en casa, Carlos y sus amigos hablaban poco, eran descuidados e incluso rompieron una puerta de la casa en una ocasión”.

Luego de entablar amistad con algunos consagrados del Sodalicio, Carlos participó de misiones, viajes apostólicos a pueblos alejados para llevar acompañamiento y formación espiritual. La experiencia de Elsa de viajar durante el colegio y poder estar en contacto con el campo, que tanto ama, la hicieron no dudar en dar permiso a su hijo. Recuerda entre risas el enterarse de las peripecias y anécdotas de las misiones y se vuelve a admirar de la paciencia y capacidad de los sodálites que llevaron a Carlos y a sus amigos con ellos. Poco a poco Carlos iba descubriendo el llamado de Dios a consagrarse en el Sodalicio de Vida Cristiana. Llamado que en sus hermanas sería a la Fraternidad Mariana de la Reconciliación.

Con cierta melancolía y entre risas, Elsa recuerda que la partida de Carlos no implicó muchos problemas prácticos. Fue la partida de Daniela la que le ocasionó algunos dolores de cabeza porque el tema de la ropa que se llevaría consigo a Lima —y compartía con su hermana—constituyó para ellas un “drama pasional”. Además recuerda la tristeza de Verónica y ella al ver partir a una mitad, pues ambas hermanas eran muy unidas.

La distancia física de Carlos y Daniela en Lima no le impidió a Elsa tratar de estar cerca de alguna manera. Con cierta vergüenza recuerda enviar constantemente brownies, postres y útiles personales a sus hijos. Casi dos meses después de los asiduos envíos, Carlos le pidió que sólo enviara lo necesario, ella reconoció que debía ser difícil recibir tantos detalles maternales en una comunidad masculina joven.

Cuando finalmente Verónica le comunicó a su madre el llamado de Dios que había recibido para formar parte de la Fraternidad, los tres salieron del nido para darle toda su vida a Dios. Su madre confiesa que tenía una idea fija en la mente: “Dios es el que decide, no yo”. Privarse de nietos o niños pequeños no era un problema, sus vastas amistades con pequeñines le daban amplia oportunidad para jugar con ellos y mimarlos. Asegura que no buscó explicaciones de Dios, sino que rezó y confió con más fuerza.

Sin embargo los caminos de Dios todavía le deparaban sorpresas, algunas no tan agradables. “A pesar de la distancia física, mis hijos fueron mi mayor fortaleza durante un duro episodio en mi vida” recuerda. “Muchas cosas tuvieron que cambiar pero ellos estuvieron cerca con sus llamadas y voz de aliento para que pueda retomar las riendas de mi vida. El Señor tiene sus maneras de ayudarnos”. Además Verónica discernió al matrimonio en esta época difícil y Elsa lamentó no poder ayudarla por su propia situación, pero se acompañaron muy de cerca.

Después de 18 años de vivir físicamente apartada de Carlos —quien vivía en la comunidad de Roma y fue elegido como Asistente General de Temporalidades— este se mudó a Lima, a vivir en la comunidad anexa al Centro Pastoral en el que trabajo. Para Elsa fue como conocer un hijo nuevo. Lo pudo de nuevo abrazar y tener físicamente cerca. “Carlos siempre ha podido percibir mis emociones incluso sin que le comente algo al respecto. Cuando atravieso un momento complicado, tengo una emergencia o una necesidad a nivel emocional, Carlos parece saberlo y me pregunta al respecto”, nos confiesa emocionada. “Claro que sus obligaciones y las mías no permiten que nos veamos todo el tiempo, así que todavía tenemos que poner en agenda por Internet los encuentros familiares entre sus hermanos y yo”, comenta entre risas.

En el peregrinar de Elsa Sahurie ha habido también hitos maravillosos que ha podido compartir con sus tres hijos. En ocasiones especiales como su cumpleaños número 60, a pesar de que todos vivían en lugares muy apartados —Roma, Ecuador y Estados Unidos—, les pidió que juntos subieran al santuario de la Virgen en San Bartolo a rezarle a Santa María y así lo hicieron. “Lo hemos vuelto a hacer en alguna otra ocasión y para mí  es la oportunidad perfecta para decirle a Santa María ‘Madre, aquí los traigo a tus pies’. Vivo agradecida con el día a día, aprovecho cada experiencia y ocasión que Dios me da. Los días soleados o grises son para mí una bendición”.

Elsa Sahurie es ahora parte de una familia mucho más grande, la Familia Sodálite, desde el 2006 cuando fue parte de los inicios de Viajes San Pablo, donde trabaja actualmente. Para ella “la Familia Sodálite es una gran red humana de solidaridad. Puedes ayudar y recibir ayuda de diversas maneras. Puedes contribuir con tu trabajo, con escuchar a alguien, con buscar donaciones, siempre hay algo que puedes dar o hacer por los demás. Aquí vivimos así, dentro de nuestras posibilidades, estamos pendientes de los demás y experimentamos también esa compañía y atención de los demás”.