“Uno sin abrazarse a la Cruz del Señor, no puede esperar la Resurrección…”

Lima, 23/10/15 (Noticias del Sodalicio – Perú). El pasado jueves 22 de octubre, Memoria de San Juan Pablo II, el sodálite Jaime Gómez Bolaños fue ordenado diácono en la Parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación.

En un ambiente de oración y recogimiento, familiares y amigos de Jaime Gómez Bolaños, se dieron cita en la Parroquia Nuestra Señora de la Reconciliación, para acompañarlo durante su ordenación diaconal. La ordenación de Gómez fue presidida por Mons. José Antonio Eguren Anzelmi, SCV. Arzobispo Metropolitano de Piura. Durante su homilía, Mons. Eguren, invitó a todos los presentes a meditar en “la maravilla de la vocación con la que Dios nos ha bendecido” y exhortó a los fieles a no tener miedo. Exhortación que hizo repetidas veces San Juan Pablo II —cuya memoria se celebra cada 22 de octubre— a lo largo de su pontificado; invitación que hacía el Señor a sus apóstoles.

El Arzobispo Metropolitano de Piura agregó que la actitud que tomó María frente a su vocación fue la de no tener miedo: cuando tuvo que hacer un viaje largo con San José estando embarazada, siendo joven. Finalmente, así como San José se alegró cuando le ofrecieron posada, Mons. Eguren invitó estar agradecidos por la ordenación diaconal de Jaime que se dio en un momento difícil para la Familia Sodálite.

Al finalizar de la Misa, Alessandro Moroni, superior general del Sodalicio de Vida Cristiana, ofreció unas breves palabras a los presentes. Moroni se comprometió a defender la verdad del Señor Jesús, agradeció a toda la Familia Sodálite por todas las palabras de aliento que había recibido y resaltó que lo importante es aceptar los errores con humildad.

Jaime Gómez Bolaños, compartió su experiencia de recibir este sacramento, señalando que la “ordenación diaconal rebasa lo pensado, estudiado, planeado… No sólo por el sacramento en sí mismo sino porque Dios, que lo sabe todo, me conduce a configurarme con Él también en el dolor y el sufrimiento. Ayúdenme a ser fiel a lo recibido sacramentalmente. Uno solo no puede ni debe; uno, sin abrazarse a la Cruz del Señor, no puede esperar la Resurrección”.