“Vayan entregándose más a la Oración, a la Caridad y a la Misericordia”

Lima, 09/12/15 (Noticias del Sodalicio– Perú). En una conmovedora homilía, en la celebración del aniversario del Sodalicio de Vida Cristiana en Lima, Mons. Adriano Tomasi, OFM, alentó a los miembros de la Familia Sodálite a continuar con sus obras de caridad y apostolado.

Mons. Adriano Tomasi, OFM.

A continuación ofrecemos la homilía pronunciada por el Obispo Auxiliar de Lima, Mons. Tomasi:

Hijos e Hijas de la Gran Familia Sodálite:

El Papa Pío IX proclamó en el año 1854 el dogma de la Inmaculada Concepción de María, pero muchos siglos antes, el amor de la gente de fe sencilla veneraba la plenitud de la santidad de María Virgen a la que los Evangelios llaman “llena de gracia”, “madre del Salvador”, y se había formado desde antiguo la tradición según la cual “Dios la había preservado de todo pecado y de toda corrupción, por un privilegio singular, al haber sido escogida por Dios para ser la Madre de su Hijo, Jesús Salvador.”

Es ésta de la Inmaculada también una fiesta de gran Esperanza para todos nosotros porque lo que ha acontecido en ella es el anticipo de la victoria de Cristo resucitado sobre la muerte y el pecado.

Hace 44 años Luis Fernando y quienes entonces le acompañaban, no pudieron encontrar otra fecha más acorde con el amor y la devoción del todo particular que profesaban a nuestra Santa Madre que esta fiesta de la Inmaculada, la “Tota Pulchra”, y por eso el 8 de diciembre de 1971 daban vida al Sodalicio de Vida Cristiana, al que más adelante se integrarán las Fraternas y las Siervas.

Era el Sodalicio, una nueva realidad eclesial que suscitaba el Espíritu Santo como fruto del Concilio Vaticano II, terminado pocos años antes, una nueva realidad que ha dado y sigue dando grandes frutos que nacen de un nuevo carisma, que enriquece a la Iglesia con grandes dones espirituales, distinguiéndose por la fidelidad a la Iglesia y a los Pastores, en el servicio generoso y la caridad a los más amados de Jesús y en la evangelización a través de religiosos y religiosas, laicos y laicas consagrados, bien preparados para asumir los desafíos de nuestros tiempos y testimoniar a Cristo y su Evangelio en todo lugar donde la Iglesia les llame.

Por eso, en esta fiesta de nuestra Madre, la Inmaculada, nos reunimos entorno a este altar, para darle gracias al Señor por los 44 años de vida del Sodalicio de Vida Cristiana y pedir la intercesión de nuestra Madre, Nuestra Señora de la Reconciliación, para que esta familia espiritual tan grande y evangelizadora, pueda seguir sirviendo a Dios y a su Iglesia hasta que Él quiera.

Pero, sabemos muy bien, hermanos, que todas las obras de Dios y hasta la misma Iglesia han navegado y van navegando mares en tempestad que llegan a suscitar miedos, sufrimientos e inseguridades como esa tarde en el mar de Galilea, y casi nos hacen olvidar que, al ser obras de Dios, es Él quien las conduce y no dejará naufragar las obras de su Espíritu y de sus manos.

Ciertamente el dolor y la vergüenza que viven en este momento ponen a prueba su vocación, su identidad y su consagración, y pueden llegar a ponerlo todo en discusión, y reviven en su alma esa tercera lamentación de Jeremías profeta: “Mi alma está alejada de la paz, he olvidado la dicha. Digo: ¡ha fenecido mi vigor y la esperanza que me venía de Yahveh!” Pero, no olvidemos que después el profeta exclama: “Pero me digo: el amor de Yahveh no se ha acabado, ni se ha agotado su ternura; cada mañana se renuevan: por eso en él espero”.

Al reconocer que el Señor nos ha escogido y nos ha llamado a todos sin méritos propios y sólo por su Amor incondicional pese a ser nosotros vasijas de barro, debemos aceptar con humildad la fragilidad y el pecado, que se hacen más dolorosos cuando son del todo inesperados. Pero su actitud queridos hermanos, no ha de ser de miedo sino de valentía: reconocer el pecado y orar por el pecador; orar sobre todo por las víctimas y hacer todo lo posible para que se les haga justicia, se repare el daño y se les acompañe con el afecto y la compasión que les recompense y ayude a sanar.

Pero al mismo tiempo, dejen ustedes que quien tiene la debida autoridad y responsabilidad, asuma la delicada tarea de soportar las críticas y acusaciones y de asesorarse debidamente para tomar las medidas oportunas y responder a la justicia y, al mismo tiempo, hacer que su familia siga cumpliendo como hasta hoy con su misión de evangelización y caridad. Esto no significa ignorar lo que ha pasado, sino dejar que quienes tienen el deber asuman las consecuencias y las resuelvan, mientras todos ustedes van cultivando la Oración por todos los involucrados, invocando la Misericordia de Dios que, como dice el Papa Francisco: “acaricia nuestros pecados. Nos habla de la misericordia divina como una gran luz de amor y de ternura, es la caricia de Dios sobre las heridas de nuestros pecados”.

Recordando la palabra de san Pablo a su discípulo: “Acuérdate de Jesucristo, acuérdate de Jesucristo crucificado”, acepten con humildad una realidad que causa vergüenza y sufrimiento, pero al mismo tiempo recuerden que por eso Jesús está en la Cruz, y que por su bondad ustedes, los que forman la gran Familia Sodálite, son ajenos a este delito.

Tomen en cuenta también que el buen Dios ha querido que vivan esta experiencia de fragilidad en el Año que la Iglesia consagra al Amor Misericordioso de Dios. Por eso, vivan este tiempo de renovación y reconciliación, dejando de lado los juicios y los chismes, y dándole gracias a Dios que les concede vivir estos tiempos de la prueba, con la paz y la serenidad en el alma.

Cuando María quedó embarazada no se dejó amilanar por los chismes y prejuicios: confiaba en Dios y le apremiaba la caridad, por eso fue de prisa a la montaña para asistir a su pariente Isabel. Siguiendo su ejemplo, ustedes también vayan entregándose más a la Oración, a la Caridad y a la Misericordia, confiándolo todo en Dios y en su santa Madre, y encontrarán en esto el bálsamo que sana sus heridas.

Y frente a la avalancha de acusaciones y críticas, no pierdan la paz y la serenidad, y actúen con sentido crítico y discernimiento, de acuerdo a estas palabras del gran convertido al catolicismo en el siglo XX, Chesterton: “Quien no ama a la Iglesia ve los defectos de sus hijos e hijas. Quien la ama todavía los ve mejor: pero no ve solamente esos defectos, ve también sus virtudes, que todavía hoy, a pesar de tantas crisis, las hay en abundancia”. Estas palabras les ayuden a saber discernir, cuando lean o escuchen palabras acusadoras, sabiendo de quiénes vienen.

Y recuerden lo que decía un santo Obispo italiano, Mons. Tonino Bello: “No hay pecado, no hay tristeza espiritual de la que el Señor no nos pueda sacar. No permitas, María, que caigamos en el sacrilegio de creer que nuestro pecado sea más fuerte del perdón y del amor de Dios”.

Y aprecien y valoren siempre más a su familia religiosa, a su fraternidad y a sus comunidades, con sus fragilidades y pequeñeces, porque hay momentos en la vida que son muy especiales, como son los momentos del sufrimiento y de la prueba. Y al compartir esos momentos con quienes aprecias y van contigo en el camino de la vida, se vuelven más preciosos y santificadores.

Que la Virgen, nuestra Madre Inmaculada, los cuide y proteja con su Amor de Madre. Amén.