Así es como percibe la muerte un médico

Por: Álvaro Díaz Díaz.

La muerte es una realidad inherente a la persona humana que suscita diferentes aproximaciones. Algunos le temen y la evaden, a otros les resulta indiferente, como si fuera algo que no tuviera que ver con ellos; para otros tiene un significado de realismo y de naturalidad. También hay quienes la entienden con su carácter trascendente, es decir como un paso a una vida que perdura eternamente.

Desde hace algunos años he empezado a asumir la muerte con mayor realismo y he ido aprendiendo a aceptarla como una característica propia de los seres humanos. Además la voy entendiendo como un momento de tránsito de esta vida que palpamos y en la que peregrinamos en medio de alegrías y dolores, hacia una existencia en la cual podremos encontrar la paz y la felicidad, en la que nos encontraremos en un estado de plenitud que todos anhelamos encontrar.

Ciertamente esta significación que va teniendo la muerte en mi vida ha estado relacionada a tener la oportunidad de presenciarla de cerca. Especialmente al acompañar a algunos en este momento. Ha dejado de ser para mí un concepto abstracto o una reflexión teórica; ahora más bien es una experiencia y una vivencia que implica emociones, afectos y actitudes. Al tener este acercamiento a una realidad tan misteriosa y poderla conocer un poco más, ha traído a mi vida muchas enseñanzas que quisiera compartir en este artículo.

Intentaré hacer una distinción, matizando las diversas reacciones, afectos y actitudes que se suscitan en diferentes escenarios:

1. Pensar en mi muerte

Solo desde hace unos pocos años me pude hacer la pregunta ¿Qué pasaría si hoy dejara de existir?, ¿estoy preparado?, ¿si solo tuviera el día de hoy, que haría, cómo lo viviría? Recuerdo que la muerte de un joven que tenía más o menos mi edad, que era conocido de unos amigos míos y del cual escuché su historia me cuestionó bastante. No solo fue el hecho de su fallecimiento, sino las circunstancias: murió de repente, de una reacción alérgica severa, siendo una persona sana, lleno de sueños e ilusiones.

Pensaba entonces que no necesitaba estar ni viejo, ni enfermo para que la muerte pudiera llegar a mi vida. Esto me asustó, sin embargo, fue muy importante para que yo reflexionara acerca de cómo estaba llevando mi vida, si de verdad estaba haciendo lo que me correspondía o para lo cual había sido creado. Si estaba viviendo de manera responsable y coherente y más aún me llevó a preguntarme si es que estaba orientando mi existencia al propósito que Dios pensó para mí.

Tendría unos 19 años en ese entonces y obviamente han habido etapas de la vida que pareciera que estas reflexiones se olvidan. Pero valoro mucho los momentos en que he podido volver la mirada a esta meditación, la de pensar en la muerte, no como algo que hay que temer, no como una realidad mala o aterradora, no como el fin. Doy gracias a Dios también por el don de la fe, que me permite contemplar la muerte con mucha esperanza, confiando en una realidad eterna llena de felicidad, a la cual quiero llegar en algún momento, estando en vela y preparado, pues como dice Jesús en el Evangelio, «nadie sabe ni el día ni la hora».

2. Ante la muerte de mis seres queridos

Hasta hace 2 años, eran pocos los seres más queridos y cercanos que habían fallecido. Tres de mis abuelos antes que yo naciera y la única abuela que conocí murió cuando estaba muy niño, tengo pocos recuerdos. Pero el caso más reciente y cercano fue el de mi padre.

Tuve la bendición de acompañarlo en una larga enfermedad pulmonar por seis años y fueron muy especiales sus últimos meses en los que tuvo una importante declinación de sus fuerzas y de su estado de salud. Para él siempre fue difícil asumir su condición frágil y vulnerable. Principalmente porque a pesar de sus casi 80 años fue siempre muy fuerte y vital, muy independiente en sus cosas y con un carácter muy imponente, con una actitud recia ante las diversas situaciones de la vida.

Nunca pensé que yo pudiera acompañarlo de cerca en sus últimos días, no solo como hijo, sino aplicando algunos de los conocimientos que en ese momento ya tenía de cuidados paliativos. Fue una experiencia muy bendecida porque a pesar de lo triste de su ausencia, me consuela que él finalmente pudo prepararse no solo física, emocional sino espiritualmente para este momento y sus últimos días y horas fueron de mucha paz para él y para toda mi familia.

También quiero resaltar lo mucho que me enseñó un amigo al cual me hice cercano en el contexto de su enfermedad, una Leucemia. Con naturalidad la amistad fue creciendo en momentos de alegría y de dolor, de salud y de mayor enfermedad. Él me enseñó muchas cosas. Si bien yo ya era médico, y había tenido contacto con varios enfermos, no había aprendido tantas cosas de la experiencia de estar enfermo como en esos días.

Me conmovía mucho su alegría a pesar de tanto dolor, la madurez que fue adquiriendo con cada una de las vivencias que tenía, la consciencia y aceptación de su fragilidad y de la posibilidad que llegará su final. Pero en ningún momento lo vi triste, deprimido, temeroso. Pudiera decir que su objetivo fue vivir el día de hoy, vivir con intensidad el presente y dar todo lo que tenía a los demás.

3. La muerte de mis pacientes

Hace unos años descubrí la que creo es mi vocación particular. Dentro de la vida consagrada y la medicina, experimento un llamado a acompañar a personas que sufren por enfermedades que los acerca al final de la vida. Desde entonces he dedicado mi práctica profesional a los cuidados paliativos, con lo cual he vivido grandes experiencias de acompañamiento y de aprendizaje, como profesional y como persona.

A pesar de estar en contacto con la muerte de varios pacientes, no deja de ser un evento que asombra, que sorprende y que trae diversas experiencias en mi. Espero que nunca caiga en la rutina ni me deje de sorprender por lo significativo de esta etapa en la vida de cada persona que puedo cuidar y acompañar. Dentro de las muchas vivencias y enseñanzas con cada enfermo quiero compartirles un par de anécdotas que han sido muy significativas.

La primera es haber tenido contacto con niños enfermos. Siendo médico de adultos no es que tuviera entre mis pacientes a menores de 15 o 18 años y presenciar el dolor y el sufrimiento de enfermedades tan graves como son el cáncer en seres tan vulnerables, inocentes y pequeños es algo que me ha marcado mucho. Además, me presenta muchas reflexiones, especialmente cómo la vida y la muerte del ser humano son un gran misterio y acontecimiento que no podemos agotar con nuestra propia razón y conocimiento. Requiere una mirada más profunda y fundamentada en aspectos que trascienden a nuestra mera capacidad. Quizá sea una de las preguntas más difíciles de responder ¿Por qué el sufrimiento de los inocentes, de los niños? Es algo que pienso no con poca frecuencia.

Otra historia fue la de acompañar por unos días a una paciente, una mujer joven que ingresó en muy mal estado de salud, con un diagnóstico reciente de cáncer de estómago, tras varios meses de haber pasado por diferentes centros de salud, con lo cual su enfermedad había progresado bastante. Se veía extremadamente delgada, en su rostro se marcaban las prominencias óseas, sus ojos cansados y tristes, que a pesar de no saber con detalles de lo que se trataba su mal, sabía bien que era algo muy grave y quizá se aproximaba el fin. Sin embargo, conservaba un poco de esperanza al haber llegado al hospital, abrigando la posibilidad de algún remedio.

Con el paso de los días su enfermedad fue complicándose, llevándola a la situación de no poder alimentarse, pues su tracto gastrointestinal estaba obstruido, la situación parecía ir de mal en peor. Yo quise en un momento hablar con ella sobre lo que pensaba y sentía al verse tan enferma, sobre lo que había en su interior; pero expresaba poco, no sólo por su sensación de debilidad y cansancio, sino porque era reservada y se guardaba para sí lo que podía pensar.

Se logró estabilizar un poco de sus complicaciones, pero sabiendo que no había tratamientos específicos para su enfermedad, y que lo primordial era que estuviera con los suyos, bajo sus cuidados, se empezaron a preparar las condiciones para que estuviera en casa. Llegó un viernes por la tarde y como yo no iba a estar ese fin de semana en el hospital, fui a despedirme. Quise darle un regalo, le di una imagen de Jesús en la Cruz, con una oración al respaldo. Me conmovió mucho cómo se sonrió con dificultad, con gratitud y emoción, la agarró entre sus manos y la puso sobre su pecho. Esa expresión para mí fue suficiente, más que sus palabras. Quedé muy contento de poder verla esa vez, pues fue el último encuentro con ella. Dos días después me enteré de su fallecimiento.

4. Algo para terminar

Muchos de mis colegas y personas con las que hablo mencionan que acompañar a personas al final de sus vidas es algo muy importante, sin embargo ellos no lo harían. Quizá por miedo, por temor a enfrentar situaciones tan difíciles y dolorosas, quizá porque compromete de una manera más profunda. Yo descubro cómo esta labor se ha convertido en una oportunidad para servir a personas que en medio de su enfermedad viven un mayor sufrimiento por no poder encontrar muchas veces el sentido a sus dolores, por no encontrar paz y esperanza en medio de tanto dolor.

Es la ocasión que Dios me regala para ser testigo de su amor, de su misericordia y consuelo dentro de los que sufren. Ocasión para darles esperanza cuando parece que ya no tienen nada por lo cual esperar.

Álvaro Díaz Díaz, nacido en Medellín, Colombia en 1985. Laico consagrado miembro del Sodalicio de Vida Cristiana desde 2009. Es médico internista de la Universidad CES (Medellín, Colombia). Trabaja como médico en el equipo de Cuidados Paliativos del Centro Médico Imbanaco en la ciudad de Cali, Colombia.