Lo que todos necesitamos es contagiarnos de amor y vacunarnos contra la indiferencia

Contagiarnos de amor - Blog sodálite de Álvaro Díaz

Por: Álvaro Díaz. (Tomado de Catholic-Link)

Tras el pico tan elevado de la pandemia del coronavirus en España, se realizaron una serie de campañas publicitarias con el ánimo de generar consciencia en las medidas para evitar mayor contagio.

Especialmente el de cumplir la normatividad de cuarentena, evitar las reuniones sociales masivas y acoger el distanciamiento social. Cosa que todos nos sabemos de memoria pero que a veces nos cuesta cumplir.

Escogí un par de videos que me parecieron impactantes, que difícilmente te dejan indiferente y que pueden ayudar a tomar más cautela para cuidarse y cuidar a los demás. ¡Aquí va el primer video!

Una responsabilidad que es de todos

Ya ha pasado casi un año desde el inicio de la pandemia, y en teoría, globalmente tenemos más conocimiento sobre cómo cuidarnos y cómo adoptar una rutina con más prevención. Y podrás preguntarte ¿esto a qué viene?

La razón por la que te comparto estos dos videos es que siguen siendo pertinentes las invitaciones y llamadas de atención a cuidarnos. Y al ser creyentes, sabemos que la responsabilidad va más allá de seguir unas simples reglas.

Muchos países están atravesando una nueva oleada con elevados números de enfermos graves y fallecidos. ¿Qué estás haciendo tú para ayudar?, ¿eres consciente de que aún desde casa puedes cambiar el panorama?, ¿de que puedes evitar una desgracia en casa?

¿Por qué es tan difícil cumplir las reglas?

¿Será entonces que estas medidas propuestas no están siendo efectivas o no las estaremos asumiendo coherentemente?, ¿cómo podemos contribuir para tener una mayor consciencia de la situación que estamos viviendo y ayudarnos mutuamente?

Me he puesto a pensar que a medida que pasa el tiempo, si bien puede haber más consciencia y educación, también puede haber una actitud de cansancio y de «aflojar». Es natural que haya medidas que sean muy exigentes, que cambien nuestros paradigmas de vida y que poco a poco nos vayan cansando.

Por ejemplo, no tener encuentros tan continuos con nuestros amigos, no poder tener tantos planes de diversión como reuniones sociales, ir a fiestas, a un buen restaurante, a cine, ir de viaje o simplemente que nuestras rutinas diarias nos lleven a estar más encerrados.

Es comprensible que se quieran buscar algunas medidas de escape que alivien la carga emocional, el estrés o el agotamiento. Pero lo que sucede es que no todos lo hacen con prudencia, se arriesgan a sí mismos y a los demás, y tristemente los que pagan son los que más queremos.

Entonces, ante esta realidad de seguir llamando al cuidado, quiero proponer algunas reflexiones que he tenido en este tiempo y que estoy seguro, nos sirven a todos. ¡Analicemos cada uno de estos puntos luego de ver el segundo video!

1. Motivémonos desde el amor y no desde el temor

Si bien la intención de las campañas es la de incentivar a una mayor prudencia y precaución mostrándonos un poco más cruda la realidad, la manera de hacerlo termina siendo desde una lógica del temor, y no desde el amor.

Como muchos aspectos en los cuales puede educarse al ser humano, se pueden tomar dos posturas: en primer lugar, la de alertar sobre las consecuencias de no aprender la lección. Es decir, que el centro de la enseñanza está en los resultados y la motivación parte del miedo, desde lo que pasaría si no se adhiere la vida a ese aprendizaje.

Y en segundo lugar, está la postura de que la enseñanza esté centrada en promover lo mejor de la persona, de sacar lo mejor de sí y de que cada uno busque lo que tiene para dar y lo entregue. Esto sería centrarse en una lógica del amor y de la solidaridad.

Con respecto a la pandemia pueden tomarse cualquiera de las dos posturas. Creo que la primera está muy difundida y si bien puede llevar a un cuestionamiento y a un cambio de actitud en un momento, puede resultar chocante y no termina de lograr el objetivo.

El temor cansa y agobia, el amor enaltece y da sentido a nuestra vida

Quizá este planteamiento suene muy idealista o utópico y en una mentalidad pragmática no dé resultados, recordemos que es un camino exigente pero no por ello imposible.

Apostemos por rescatar la capacidad de amor que tenemos los seres humanos. Por hace resaltar el amor que es la huella que hemos recibido de Aquel que nos ha creado. Aunque a veces parezca que el hombre con sus actitudes no es capaz de amar no quiere decir que no esté diseñado para eso, sino que necesita que alguien se lo enseñe. ¡No perdamos las esperanzas!

Como mencionaba el Papa: «El peligro de contagio de un virus debe enseñarnos otro tipo de «contagio», el del amor, que se transmite de corazón a corazón».

2. Una pandemia desapercibida: El egoísmo y la indiferencia

No es un secreto que antes de la pandemia ya estaban presentes otros virus: el individualismo y el egocentrismo. Los seres humanos nos preocupamos bastante por nosotros mismos, incluso por encima del bien común.

Nuestros intereses se centran con frecuencia en el propio bienestar, en la propia comodidad y en el propio placer. Nuestros planes y seguridades se construyen realzando el éxito, la tranquilidad, los resultados que más me convengan.

Y ciertamente cuando hay situaciones que ponen una exigencia para romper estos esquemas, no es poco común que los rechacemos o nos resistamos.

La realidad del coronavirus (que es algo a lo que se enfrenta toda la humanidad), ha dejado entrever lo dañino que puede ser que pensemos de manera individual o asegurando nuestros propios intereses.

¿Qué dice el Papa Francisco de esto?

El Papa Francisco decía en su encíclica Fratelli Tuitti: «Vemos cómo impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada, hija de una profunda desilusión que se esconde detrás del engaño de una ilusión: Creer que podemos ser todopoderosos y olvidar que estamos todos en la misma barca…

El aislamiento y la cerrazón en uno mismo o en los propios intereses jamás son el camino para devolver esperanza y obrar una renovación, sino que es la cercanía, la cultura del encuentro».

Por ejemplo, hay muchos que a pesar de esta situación tan dramática se sienten seguros, pues la enfermedad, las dificultades económicas, el desempleo, o la muerte, no han llegado a sus vidas.

Y quizá nuestra vida se puede haber acomodado, con cambios, pero aún podemos seguir adelante. Vemos las noticias y el sufrimiento es un dato y una cifra, pero no nos ha tocado.

¡Que esta experiencia no nos anestesie! No tenemos que esperar a sufrirlo en carne propia necesariamente para compadecernos con el que carece, solidarizarnos con el que está pasándola mal, recordemos que en este mundo todos somos hermanos.

3. La vacuna más esperada: la solidaridad fraterna

En estos últimos meses hay una esperanza muy difundida y es la de la llegada de la vacuna como una posible solución a esta pandemia. Sin embargo, es utópico pensar que los resultados se vean rápidamente como muchos creen.

La realidad que vivimos ahora no va a cambiar pronto y no es pesimista decir que tenemos aún muchos meses e inclusos años para asumir lo que esta pandemia nos está demandando. ¿Qué hacer entonces?, ¿cómo salir bien librados de estas circunstancias?

Creo que el realismo desde una óptica cristiana está llamado a impregnarse de mucha esperanza. Y si bien el sufrimiento y el dolor continuarán, no pueden dejarnos indiferentes, tristes y frustrados.

Más bien puede ser una ocasión para curar muchas heridas y epidemias que contagian el mundo y son mucho más letales que un virus: la indiferencia, el individualismo, la injusticia, entre otras.

Esta puede ser una oportunidad para que busquemos los tratamientos que combatan estas enfermedades que llegan hasta nuestro corazón. Una de estas vacunas puede ser la de la solidaridad y la fraternidad.

Vivir como hermanos, llenarnos de actos de compasión, de respeto por el otro, de cuidarme para cuidar a los demás, de no tener que esperar a que las cosas malas pasen para que abra los ojos y cambie de actitud.

Hoy es momento de pensar no solo en mí, en mis gustos o en mi seguridad, sino en el amor que todos somos capaces de brindar. Ese amor que, aunque con sacrificio o con renuncia, es lo que realmente da sentido a nuestra vida.

Álvaro Díaz Díaz, nacido en Medellín, Colombia en 1985. Laico consagrado miembro del Sodalicio de Vida Cristiana desde 2009. Es médico internista de la Universidad CES (Medellín, Colombia). Trabaja como médico en el área de Cuidados Paliativos en la ciudad de Cali, Colombia.