La dignidad de la persona enferma

Por: Álvaro Díaz Díaz.

¿Por qué es importante hablar sobre la dignidad del enfermo? ¿Por qué confirmar que el hombre enfermo también es digno? Considerar que, el valor de la persona no se afecta por su condición de fragilidad, por su estado de salud o su capacidad funcional es esencial ante las posturas ideológicas que impregnan la cultura contemporánea que tienen una concepción reductiva del hombre y que pretenden equiparar el valor de las personas como si se tratará de un objeto, siguiendo criterios de productividad, eficiencia entre otros. Quien no encaja en estos parámetros es con frecuencia marginado, visto como menos valioso. Es lo que describe el Papa como una “cultura del descarte”, es decir que “se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar”1.

Trataremos de profundizar en la realidad del hombre que vive la situación de  enfermedad y procuraremos  comprender el hecho que su dignidad como ser humano no se vea afectada.

Creados con una identidad personal

Como punto de partida es importante aproximarse al enfermo en su realidad personal, como un hombre concreto que vive, anhela, espera, sufre, que tiene una identidad propia y una dignidad al ser creado por amor de Dios a su Imagen y Semejanza2.3

Este dato de la Revelación significa que la persona humana es la creatura predilecta del Creador, pensada individualmente, fruto de un pensamiento de Amor4, salido de las manos providentes de Dios, con una huella indeleble en su esencia que refleja la identidad de amorosa de Dios. Podemos afirmar entonces que «el hombre, tomado en su totalidad, es un ser diferente de los otros seres vivos, con cualidades que lo hacen distinto, con características exclusivamente suyas y no son únicamente diferencias orgánicas»5.

Al crearnos Dios nos regala una identidad, que se expresa en las características propias que van desde lo más externo, como las cualidades físicas y biológicas, hasta las más internas, que son más esenciales. El hecho de llamar a alguien por su nombre rescata su identidad. Es fundamental recordar este dato, especialmente hoy cuando las personas enfermas ya no son Pedro, Juan, Carlos, sino el “infarto” la “diabetes”, el “cáncer” o el “404” o “el cubículo”6. Ellos no son enfermedades ni casos clínicos, sino enfermos; en este sentido es muy pertinente la enseñanza de Osler, uno de los médicos más representativos de los últimos tiempos, considerado padre de la medicina moderna. Él decía que «es mucho más importante conocer qué paciente tiene la enfermedad que qué clase de enfermedad tiene el paciente»7.

Al poseer una identidad particular, podemos decir entonces que cada ser humano es único e irrepetible, con unas características propias. Esta mirada enriquece la comprensión respetuosa por cada persona, pues siguiendo la lógica  que mencionaba anteriormente la aproximación cambiaría de entenderla como el “cáncer de páncreas que se trata siguiendo el protocolo A o B que está descrito en tal investigación”, sino que es “Laura, la joven que estudia en la Universidad, que tiene 3 hermanos y vive con sus padres, que sueña con tener una familia y ser profesora”.

Siendo creatura de Dios; más aún, habiendo sido elevada a la dignidad de hijo de Dios, la persona encuentra allí el valor que tiene. Su dignidad no se reduce a su corporeidad, a su eficiencia ni a su bienestar físico. Son aspectos importantes, pero no determinantes.

La integralidad de la persona humana

El ser humano desde una óptica de la tradición cristiana se comprende como un ser unitario, que posee tres dimensiones, cuerpo, alma y espíritu, cada una con un valor especial, que enriquecen su dignidad.

«Así que incluso la enfermedad, la experiencia del dolor y el sufrimiento, no sólo afectan la dimensión del cuerpo, sino al hombre en su totalidad. De ahí la necesidad de una atención integral que tenga en cuenta toda la persona y que, a la atención médica, vaya también unido el apoyo humano, psicológico y social, la dirección espiritual y el apoyo a los familiares de la paciente»8.

El cuerpo, lo que manifiesta la exterioridad del hombre, en una visión cristiana no es un aspecto despreciable, incluso está elevado a una dignidad alta; sin embargo, no ocupa el lugar privilegiado en la jerarquía de las otras dimensiones. No se trata de que se convierta en un objeto de culto e idolatría como se entiende hoy en una cultura marcada por el hedonismo, consumismo y materialismo.

El alma o la dimensión psicológica es la dimensión por medio de la cual pensamos, sentimos, queremos; es donde actúa propiamente la razón, las emociones y la voluntad. Es el principio mismo de la vida humana, la sede de la personalidad. Y el espíritu consiste en la dimensión o zona de actividad nuclear, la más profunda del hombre en la que se encuentra el punto de encuentro con Dios. Corresponde a la dimensión esencial, que refleja la mismidad de cada persona.

El Papa San Juan Pablo II, exhortaba que «al estar frente a un ser humano integral, los profesionales de la salud no pueden limitarse a hacerse cargo de órganos o de aparatos, sino que deben hacerse cargo de toda la persona»9.

Estas dimensiones del hombre están en estrecha relación: es así que, lo que afecte a una, se reflejará fácilmente en las otras. Así se entiende la multifactoriedad de algunas enfermedades, por lo cual no son únicamente motivos biológicos, orgánicos y fisiológicos los que intervienen como causas, también hay variables psicológicas y espirituales que favorecen la expresión de una enfermedad corporal. Siguiendo el mismo principio relacional, la enfermedad de alguien en su cuerpo tendrá repercusiones en el alma y en su vida espiritual. De esta manera la atención que habrá que proporcionarse será integral, asistiendo no sólo las necesidades físicas, también considerar las más profundas.

El enfermo como persona

«La persona, en cualquier circunstancia, es un bien para sí misma y para los demás y Dios la ama. Por eso cuando su vida se vuelve muy frágil y se acerca el final de la existencia terrenal, sentimos la responsabilidad de asistirla y acompañarla de la mejor manera»10.

La condición de enfermedad comporta una realidad particular para quien la vive, que teniendo en cuenta la individualidad, es comprensible que la vivencia no sea similar para todos ni generalizable. Es por ello que, cuando nos situamos ante una persona concreta, descubrimos una dimensión existencial, que brota de su interioridad, de sus anhelos más profundos, sus angustias, sus expectativas. Lo que hoy vive un hermano enfermo puede que en un tiempo sea yo o algún ser querido quien lo experimente; por ello no pueden sernos indiferentes, más bien estamos llamados a comprometernos.

Tener esta aproximación respetuosa y reverente nos llevará a tener mayor comprensión y compasión ante el que sufre, con lo cual podremos solidarizarnos con sus necesidades y servirlo con caridad, siguiendo las enseñanzas del Buen Samaritano11. El enfermo puede que nos resulte molesto, que nos incomode, nos saque de nuestro bienestar personal, que exija sacrificio en atenderlo; pero en el enfermo tenemos la ocasión privilegiada de tocar la mano de Dios, pues como Él mismo nos los dijo “cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis”12.

Dignos desde la concepción hasta el último momento

Otra característica importante es que la dignidad humana es permanente, no cambia a pesar de la condición de las personas, tampoco se modifica a lo largo de la existencia; desde el inicio de la vida, es decir desde su concepción, el ser humano comporta este valor hasta el último momento de su vida. Por ello en cualquier etapa merece ser acogido con respeto y compasión, independiente de sus capacidades, de su funcionalidad, de su estado de salud. En este sentido me conmueve una frase de la médica pionera de los cuidados paliativos modernos, que reconocía en los enfermos que acompañaba al final de la vida seres dignos y respetables, a pesar de su condición frágil y vulnerable; ella decía a uno de ellos: “Usted importa por lo que usted es. Usted importa hasta el último momento de su vida y haremos todo lo que esté a nuestro alcance, no sólo para que muera de manera pacífica, sino también para que, mientras viva, lo haga con dignidad13.

Esta reflexión ayuda a comprender que el cuidado del enfermo se fundamenta en una relación personal, más bien interpersonal, es decir un encuentro entre dos personas, con igual dignidad y valor; resalto la cualidad de igualdad, para aclarar que tener una mejor salud no lo hace una persona mejor o más digna.

Conclusión

Con lo anteriormente descrito, se concluye que toda vida humana es un don precioso de Dios, que no se ve afectada en su valor a pesar de algunos aspectos que sin ser poco importantes no son esenciales ni fundamentales; por ejemplo, el estado de salud, las cualidades físicas, la inteligencia, los logros y realizaciones, entre otros. La dignidad radica especialmente en la realidad trascendente de todas las personas. Es por eso, que la condición de limitación y enfermedad no es excusa para acoger con reverencia a los otros; más bien es en estas circunstancias que se nos invita a comprender a los demás en todo aspecto y circunstancia, a contemplarlos y valorarlos como Dios mismo hace con cada uno de nosotros.

  1. Papa Francisco
  2. Catecismo de la Iglesia Católica 1700
  3. Gén. 1,26
  4. El hombre es la «única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma» (Gaudium et Spes, 24,3)
  5. Ramón Córdoba Palacio. Ser médico. Misión del médico. Persona y Bioética. 2015;19(1): 142-148
  6. Sir William Osler (1849 – 1919)
  7. Papa Francisco. Discurso a participantes en el Congreso de la Sociedad Italiana de Cirugía Oncológica. 12/4/2014.
  8. Papa Francisco. Discurso a participantes en el Congreso de la Sociedad Italiana de Cirugía Oncológica. 12/4/2014.
  9. San Juan Pablo II, XV Congreso Mundial de Médicos Católicos – Roma 1982.
  10. Papa Francisco. Mensaje a la Pontificia Academia de la Vida. Marzo 2015.
  11. Lucas 10, 25-37
  12. Mateo 25,40
  13. Cicely Saunders

Álvaro Díaz Díaz, nacido en Medellín, Colombia en 1985. Laico consagrado miembro del Sodalicio de Vida Cristiana desde 2009. Es médico internista de la Universidad CES (Medellín, Colombia). Trabaja como médico en el equipo de Cuidados Paliativos del Centro Médico Imbanaco en la ciudad de Cali, Colombia.