Reflexiones para sumergirnos en el amor de Dios

Por: Álvaro Díaz.

Hablar hoy de esperanza y de un Dios que es rico en amor y misericordia pudiera ser contradictorio y chocante cuando lo que hemos percibido en los últimos días a nivel global es que prima el caos, la angustia, la incertidumbre y la desolación.

¿Cómo puede ser cierto que Dios sea bueno y amoroso si es que está sucediendo todo esto? Se cuestionan no pocas personas. ¿Cómo puede un Dios tan amoroso querer tanta injusticia? Ante este contexto novedoso de sufrimiento en el mundo, puede resultar lógico cuestionarnos por la presencia de Dios, por su acción e intervención.

Preguntas que han acompañado al ser humano desde toda su existencia, y es que una crisis como la actual no ha sido la primera, ni será la última. A partir de esta realidad, quiero compartir unas reflexiones sobre algunos aspectos que nos pueden ayudar a renovar nuestra fe en Dios y nuestra esperanza en estos días.

Buscando a Dios en este panorama oscuro

¿Dónde está Dios? Pareciera que, ante un panorama tan sombrío, Dios está alejado y nos ha dejado para ver cómo lo resolvemos. Y es que no pocas veces tenemos la experiencia que, a pesar de nuestra fe, hay momentos en que Dios nos puede parecer abstracto, lejano y desconocido.

Quizá nuestra creencia es en un Dios que existe y es real, pero que no se acerca a tener una relación personal con nosotros. Nos viene bien profundizar nuevamente en quién es Dios, cuál es su identidad y el rostro que se nos ha revelado en la fe.

Recordemos que la imagen de Dios se nos ha revelado por las palabras y las obras del Señor Jesús. Cristo, Dios hecho hombre, nos ha mostrado el rostro de su Padre, de nuestro Padre. Es por ello, que decimos que nuestra fe cristiana nos lleva a reconocer que el Dios en el cual confiamos es un Padre. Por eso nosotros cristianos nos referimos a Él como Dios Padre: «Padre nuestro».

Esta verdad es uno de los fundamentos más importantes de nuestra vida espiritual. Tener la posibilidad de establecer una relación filial con Dios, sabernos hijos, una identidad que se nos fue dada desde nuestro Bautismo, cuando hemos sido transformados de criaturas a hijos. ¡No somos huérfanos, tenemos un Padre y uno que nos ama en sobreabundancia!

Puede suceder que en ocasiones nos cueste mantener viva esta relación. Por las imágenes equivocadas de Dios (como un ser más justo que comprensivo y que quiere que simplemente cumplamos con sus mandatos), así nuestra relación con Él puede ser muy distante y fría. Es como un Dios jefe más que un Dios paternal.

¿Cuántos en su vida espiritual, en su oración, tienen una relación personal con Dios Padre?

Para algunos puede ser que influya mucho la concepción que han tenido o tienen de sus padres, es el modelo de paternidad que han conocido y que les resulta más familiar. Quizá esa experiencia en algunos casos, no haya sido muy positiva o rica afectivamente.

Lo que resulta muy consolador es que el Padre que nos ha mostrado el Señor Jesús es un padre que ha estado y siempre estará para nosotros. Que no lleva en su cuenta nuestras faltas, que conoce y comprende lo que necesitamos. Que desde que nos concibió, nos ha amado con amor tierno.

Me gusta mucho un texto del papa Francisco en el que hablando a los jóvenes los alienta a confiar en esta verdad: Dios es amor. Él les dice: «Puedes arrojarte seguro en los brazos de tu Padre divino, de ese Dios que te dio la vida y que te la da a cada momento. Él te sostendrá con firmeza, y al mismo tiempo sentirás que Él respeta hasta el fondo tu libertad».

Nos ayudará mucho recordar aquellos momentos en que Cristo nos expresa esta verdad de la paternidad divina. Por ejemplo, las parábolas de la misericordia como la de la oveja perdida o el hijo pródigo. También cuando nos habla de la Providencia de Dios, cuando contemplamos la multiplicación de los panes y los peces, sus milagros de curación que son en relación con la acción del Padre.

La lógica del Evangelio nos muestra a ese Padre que espera pacientemente a su hijo perdido. Que está dispuesto a hacer fiesta, que lo perdona, lo comprende y consuela. Así es cómo Jesús nos lo ha dicho, el amor de Dios es constante, no se cansa, es fiel.

El profeta Isaías dice: «¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues, aunque esas llegasen a olvidar yo no te olvido. Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuado».

La misericordia de Dios no es una idea abstracta

No es tampoco una simple teoría, Jesús con su misma vida nos ha mostrado que es un amor concreto, real y personalizado. Es decir que se ajusta a cada uno de nosotros. El santo padre menciona a la juventud en el texto que ya les comenté:

«Dios te ama. Nunca lo dudes, más allá de lo que te suceda en la vida. En cualquier circunstancia, eres infinitamente amado». Además dirá más adelante: «el amor del Señor sabe más de levantadas que de caídas, de reconciliación que de prohibición, de dar nueva oportunidad que de condenar, de futuro que de pasado».

De muchas maneras Jesús nos estaba recordando las palabras del amor de Dios previamente anunciadas a través de sus profetas. Por ejemplo: «Eres precioso a mis ojos, eres estimado y yo te amo» como también: «Tu Dios está en medio de ti, un poderoso salvador. Él grita de alegría por ti, te renueva con su amor, y baila por ti con gritos de júbilo».

Sin embargo muchas ideas y falsas creencias han empañado nuestra fe en estas palabras. Pues nos predisponen al Dios antes de Cristo, como aquel ser incomprensivo o distante. Dios no ha cambiado, no cambia y nunca cambiará. Pues no puede ir en contra de su identidad, la de ser un Padre lleno en amor.

Y con todo esto, ¿Qué podemos esperar?

Hoy nos preguntamos ¿Cómo mantener la esperanza cuando la realidad del mundo y de mi vida es tan incierta y compleja? Pareciera que todo lo que hemos dicho de Dios no se está cumpliendo, incluso se podría pensar en este contexto que Dios nos ha olvidado, que nos ha dejado solos lidiando con esta situación.

Es de esperar que, ante estos cambios repentinos con tanta cuota de sufrimiento, nos llegue la angustia y temor. Especialmente cuando no tenemos cómo prever nuestro porvenir. ¿Qué podemos esperar?, ¿cómo mantener viva una mirada de confianza y de fe cuando la realidad no alienta a estos sentimientos?, ¿cómo tener una experiencia distinta cuando lo que hay en mi interior son sentimientos de frustración y de tristeza?

No se trata que estos sentimientos no existan, dado que sí hay motivos para que nos duela y nos entristezcamos. La cuestión es no permanecer en ellos ni dejarnos llevar de estas sensaciones y actitudes negativas. Que lo que logran es que no veamos luz en medio de la oscuridad, no permiten que veamos más allá de lo negativo, hace que nos olvidemos que no estamos solos. Que Dios existe, que Dios está presente a pesar que nos cueste verlo.

Hemos escuchado también al papa darnos un mensaje de esperanza, muy consolador en la bendición Urbi et Orbi. Que nos remite en medio de los temores a contemplar y abrazar a Jesús «Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza».

¿Cómo vivir en este tiempo entonces?

La actitud que podemos asumir como cristianos, asumiendo las enseñanzas del Señor Jesús, es la de una esperanza realista. Es decir que no nos ceguemos por un optimismo ingenuo («todo estará bien») pero tampoco nos cerramos en un pesimismo que nos nos permita ver nada.

Viendo la realidad, pesamos el dolor y el sufrimiento, pero abrimos la puerta a la esperanza que nos trae la experiencia de la fe. Sabiendo y confiando que Dios ha sido fiel y permanecerá fiel a su identidad.

Si confiamos que Dios permanece fiel a quién es, confiamos que Él es fiel a su amor y a su bondad. Nos alentará mucho tener la mirada puesta en Él, recordar las palabras de Jesús sobre la Providencia del Padre.

Estos días que estamos viviendo serán muy fecundos espiritualmente, si además los enmarcamos en el tiempo cuaresmal. Un tiempo propicio de preparación para contemplar el misterio que da sentido a nuestra fe y nuestra esperanza. Que Jesús no solo muere, sino que resucita para permanecer vivo y acompañándonos como Él nos prometió «Todos los días hasta el fin del mundo» .

La vida cristiana tiene cuota de dolor y de sufrimiento, pero esto no es lo definitivo. Ya Cristo nos lo demostró, y en esto se basa nuestra fe. Confiemos en que estamos llamados no a permanecer en un viernes santo, sino que Dios nos invita a participar del domingo de resurrección.

Para finalizar, creo que nuestra esperanza también se puede ver renovada y alentada por la presencia de nuestra Madre, la Santísima Virgen, Madre de la esperanza. ¿Quién mejor que ella que en su vida probó tanto dolor, tanta angustia e incertidumbre? Dejemos que su corazón nos aliente y nos inspire, encendido con la llama del Espíritu Santo, ardiente en fe y en esperanza.

Preguntas para meditar:

1. ¿Te ha pasado que te cuesta confiar en que Dios es un Padre amoroso, que quiere lo mejor para ti? ¿Por qué?

2. ¿Qué trae de novedad a tu vida el que reconozcas que en Dios tienes un padre que te ama?

3. ¿Qué crees que Dios quiere para ti en este tiempo?

Álvaro Díaz Díaz, nacido en Medellín, Colombia en 1985. Laico consagrado miembro del Sodalicio de Vida Cristiana desde 2009. Es médico internista de la Universidad CES (Medellín, Colombia). Trabaja como médico en el equipo de Cuidados Paliativos del Centro Médico Imbanaco en la ciudad de Cali, Colombia.