Somos médicos, pero también humanos, nos cansamos, sentimos miedo y esto es lo que queremos pedirte

Por: Álvaro Díaz (Tomado de Catholic-Link).

Introducción

En las últimas semanas los profesionales de la salud se han convertido en una noticia muy popular en las redes sociales, en la prensa y en general en los medios de comunicación. Son realzados como unos de los protagonistas de lo que está siendo a nivel mundial esta pandemia del coronavirus. Algunos resaltan su labor heroica, su entrega y sacrificio para atender la magnitud de enfermos, para lidiar con la escasez de recursos, para exponerse al riesgo de ser contagiados, para asumir retos como trabajar horas extras o enfrentar situaciones que aunque son propias de la profesión, para algunos no suele ser lo más habitual: como la alta carga de sufrimiento de los enfermos, (no sólo en lo físico, así también la angustia y el temor), acoger las necesidades y preocupaciones de los familiares, acompañar en no pocos casos el final de la vida y presenciar la muerte de sus pacientes.

Son muchos los escenarios que traen una crisis y un cambio de paradigmas en la rutina de nosotros los médicos en estos días, y yo me pregunto ¿cómo hacer para seguir adelante con todo lo que implica nuestra profesión incluso ante tantos desafíos?

No olvidar la esencia de nuestra identidad y vocación

«El más hondo fundamento de la medicina es el amor… Si nuestro amor es grande, grande será el fruto que de él obtenga la medicina; y si es menguado, menguados también serán nuestros frutos. Pues el amor es el que nos hace aprender el arte, y fuera de él, no nacerá ningún médico» (Paracelso) 

Son muchas las circunstancias actuales que pueden poner una barrera muy alta para mantenerse firme en las convicciones y en el propósito de hacer el mayor bien a los enfermos desde la profesión médica. Incluso pensar en la posibilidad de seguir las enseñanzas de Paracelso, unos de los padres de la medicina, se ve muy lejana. Y es que si bien el deseo de servir, de no hacer daño, de entregarnos a pesar de no estar cómodos y seguros sostienen también hoy nuestro quehacer; también experimentamos con mucha fuerza nuestra condición frágil y vulnerable.

Me ha conmovido muchísimo percibir el cansancio de muchos colegas, por la carga alta de trabajo, incluso algunos que han desistido de seguir sus labores porque las condiciones sanitarias no son favorables para ellos y les trae un alto riesgo de su propia seguridad y salud, he leído también noticias de otros que ante la experiencia de tanto sufrimiento han sido afectados no sólo emocional sino mentalmente; acentuándose la depresión, la ansiedad, el burnout, incluso hay quienes sin encontrar más salidas han decido quitarse su vida. Y esto es muy triste e inquietante, pues si son los profesionales de la salud, los que deben estar como se dice tanto últimamente “en primera línea” de esta batalla, ¿qué esperanzas hay entonces? ¿Si nuestros guerreros y héroes desisten, de quien dependerá?

A mi como médico me ha hecho pensar en lo importante que en medio de tanta penumbra pueda brillar la esencia y lo fundamental de nuestra identidad como médicos. Creo que el título de héroes que nos dan los demás o que nos autoimponemos tiene el riesgo de pensar que no podemos caer (estamos acostumbrados a la figura de héroes de ficción), que no podemos sentirnos cansados, ni con incertidumbre y temores, que no podemos equivocarnos; además nos hace perder de vista aquello que si somos: seres humanos, esta es nuestra identidad, ser personas comunes, corrientes, con capacidad enorme de ciencia y de amor, capaces de darnos, de hacer el bien, pero también con debilidades como cualquiera.

Pienso que nuestro heroísmo será más contundente, si a pesar de nuestra vulnerabilidad perseveramos en la esencia de nuestra vocación médica, que como dice el autor citado, es el amor. Es un reto y para algunos casi utópico; mas no creo que sea imposible: perseverar en el amor, en el sacrificio, a pesar de las adversidades. Algo que puede enriquecer nuestra identidad será el aprender de lo que nos muestra la identidad cristiana, las enseñanzas del Señor Jesús, quien nos invita a un amor grande, que implica renuncia, donación, magnanimidad. Que nos muestra que es posible compaginar la grandeza con la pequeñez, sólo posible cuando con humildad reconocemos que no somos autosuficientes o que nos bastamos solos, que necesitamos ponernos en manos de Alguien más grande, capaz de Todo. Es una gran lección que se tiene cuando se topa la limitación humana: reconocernos necesitados y dependientes de Aquel que es fuente de Amor y de Sabiduría.

Firmes en la misión de amar y servir

«Curar con frecuencia; aliviar siempre; consolar aliviando no pocas veces; consolar acompañando, en todo caso…allá donde no puede llegar la técnica debe llegar la misericordia» (Pedro Laín Entralgo)

Uno de los aspectos que puede resultar más devastador para un médico es la muerte de unos de sus pacientes; pienso en cómo han de sentirse aquellos que han acompañado gran cantidad de enfermos por coronavirus que finalmente han muerto, sintiendo que no podían hacer nada al respecto,  sintiéndose sobrepasados en su capacidad científica y profesional y así también humana, sin tener herramientas suficientes para acompañar cada caso, cada familia, sin mucho tiempo para asumirlo y hacer su propio duelo, porque hay que seguir atendiendo a los enfermos aún con vida.

Palpar de cerca la muerte siempre traerá muchos interrogantes sobre la propia vida, aspectos que requieren reflexión y tiempo y que pienso que como todo ha sido tan rápido y tan desbordante, no ha habido ni posibilidad de hacerlo con mucha profundidad. Es difícil simplemente actuar en automático y seguir adelante, sin que el corazón no se te estremezca por el dolor y el sufrimiento ajeno y también el propio. Es muy angustiante además porque como médicos solemos pensar en que con nuestra profesión podremos curar y salvar de la muerte a muchos, sin embargo, la muerte es una realidad natural que nos ofrece un desafío y que nos invita a reconocer nuestro lugar en esta misión.

Estas palabras que cito de Laín Entralgo, médico español, son muy sabias y renovadoras y nos ofrecen esperanza en la misión médica. Ciertamente la muerte no será el fin y tampoco es la enemiga de nuestra labor; el no poder curar o resolver una enfermedad no deberá ser motivo de frustración frente a todo lo qué SI podemos hacer, tan valioso por ejemplo el ofrecer consuelo, compañía, amor y compasión.

En este sentido frente a un panorama que a veces parece tan desolador, que pudiera frustrar a muchos médicos en no tener respuestas ni solución, es importante volver la mirada a lo que hace de nuestra misión algo muy valioso: un servicio sostenido por la fuerza de la bondad, de la nobleza, de querer en todo darnos y servir; inspirados por el ejemplo del buen samaritano, que ante todo nos muestra que el valor está en no ser indiferentes, en dar lo que podamos para aliviar, para consolar, para mitigar un poco el dolor y el sufrimiento de nuestro hermano herido y enfermo.

Un favor personal

Finalmente, quiero pedirte a ti que lees este artículo un favor muy especial, desde el fondo de mi corazón:

No olvides que como médicos, somos personas, seres humanos comunes como cualquiera, con fortalezas y debilidades, que esperamos dar lo mejor, que queremos el bien de los que sufren, que queremos poner nuestra ciencia y nuestro corazón en este asunto; queremos construir; pero en este camino arduo también nos encontramos con nuestra vulnerabilidad, nos duele ver tanto sufrimiento, aunque no es algo nuevo en nuestra profesión, nunca nos acostumbraremos y esperamos no hacerlo para así no caer en la indiferencia. Nos cansamos, nos caemos, sufrimos, también nos da miedo…

Hoy más que nunca queremos mantener firmeza en nuestra identidad y vocación; amar y servir, curar cuando esté en nuestras manos y cuando no sea posible, haremos lo que esté en nuestras posibilidades para cuidar y para consolar.

¡No nos abandones hoy ni nunca! ¡Danos tu apoyo y comprensión! Esperamos que cuando nos cansemos podamos recibir tu voz de aliento, que cuando nos sintamos muy necesitados encontremos tu mano solidaria y especialmente cuando la soledad y la desesperanza llegue a nuestra vida podamos sentirnos acompañados siempre con tu oración, con la certeza que nos confías al cuidado del buen Dios en tus plegarias.

¡Gracias y que Dios siempre te bendiga!

Álvaro Díaz Díaz, nacido en Medellín, Colombia en 1985. Laico consagrado miembro del Sodalicio de Vida Cristiana desde 2009. Es médico internista de la Universidad CES (Medellín, Colombia). Trabaja como médico en el equipo de Cuidados Paliativos del Centro Médico Imbanaco en la ciudad de Cali, Colombia.