Elogio al sacrificio de lo cotidiano

Por: Bernardo Marulanda.

Creo que antes de todo este tiempo de confinamiento, no había tomado mucha conciencia del inmenso valor que tienen muchos trabajos, que en estos tiempos de pandemia, nos han mantenido abastecidos de todas nuestras necesidades fundamentales.

Pensando en esto me ha venido un deseo inmenso de agradecerles a todas esas personas que realizan cotidianamente y silenciosamente un trabajo sacrificado y abnegado. Quisiera, en este artículo, realizar un elogio a su valentía y sacrificio. Sé que este sacrificio es realizado, por hombres y mujeres, pero quisiera en el contexto del día del padre, realizar un elogio especial para ellos.

Antes de la pandemia, mientras llevábamos una vida normal, me parecía que la sociedad acentuaba mucho el valor de actividades de diversión y exaltación, tipo viajes, aventuras, fiestas, etc. Y hacía ver las actividades cotidianas como algo que toca realizar, a veces pesadamente, para poder tener medios económicos para realizar ese otro tipo de actividades.

Y pienso que nos ha pasado, que en ciertos momentos, lo ordinario, se convertía en aquello que queríamos saltar, aquello que queríamos dejar a un lado, terminar, para poder volver a aquellos momentos de jovialidad, fiesta y expansión… y esto tal vez sin darnos cuenta, tal vez en bromas, como la connotación que tienen los «lunes» en contraste con la que tienen los «viernes».

Sin embargo, estos tiempos nos han hecho más sensibles a la necesidad del sacrificio, el trabajo, el valor, la entrega humilde y laboriosa, en la que ser capaz de entregar el corazón y perderse la diversión, se ha transformado en motivo de admiración.

¿Cómo no admirar la valentía, la abnegación, en un momento como éste? Trabajo constante, seriedad, preocupación, carga, sacrificio, labor silenciosa… se levanta temprano, ordena, cuida, se aguanta ciertas cosas que le molestan, calla para no estallar, de nuevo tiene paciencia, se enoja porque no aguanta más y de nuevo trabaja, padece su primera frustración…una de tantas. Se queja por aquí, rectifica; de nuevo empieza algo. Siente miedo. Igual se aventura en una nueva idea que ha tenido; lo rechazan. Intenta de nuevo. Esta vez saca algo de provecho, agradece, se siente aliviado, suspira… Así avanza, en medio de traspiés, anhelando dar lo mejor de sí a sus seres amados, a esos que a veces trata con dureza, simplemente expresando torpemente un deseo de sacar lo mejor de ellos. Ama gritando… es que no le da para la paciencia. Pero ahí está, intentando un poco más, intentando estar tranquilo, intentando hacer que las cosas estén mejor, progresen, se desarrollen y evolucionen.

Lucha, se fatiga, entonces reclama y dice: “Hasta cuándo”, también lo piensa: “¿Hasta cuándo?” Mientras piensa esto está de lleno en su labor, consciente de que simplemente no puede darse el lujo de parar o de abandonar. Y a veces en medio de su rutina, cuando está cansado, le brotan ciertas palabras, que no dirige a sí mismo…las dirige a alguien más: “Gracias Señor por el día, dame fuerza que no puedo más”. Que no puede más, pero sigue, que ya no aguanta, pero se levanta, que está cansado, pero aun así cuida y protege.

¿Qué puedes decir de aquella oración natural, de aquella que brotó desprolija, que salió como un lamento, pero que tocó el corazón de Dios? “Dame fuerza, que no puedo más, sostenme, que me caigo, levántame que estoy postrado” y ello junto a una rápida persignada, maquinal, de la que nunca se enteró aquella persona que piensa que no reza nunca.

¿Qué podemos decir de la vida ordinaria? ¿Qué puedes decir de aquel que hace su labor, aquel ordinario trabajador, que puedes decir de su esfuerzo, de su amor ordinario, de sus gestos ordinarios, de su sacrificio ordinario, de su falta de glamour, de su vida tan poco divertida, de la ausencia de aventuras y emociones intensas?. ¿Qué puedes decir de la vida ordinaria?… tal vez que no la entendemos, que se nos escapa su belleza, atractivo, su fuente de vida, su capacidad de construcción, fortaleza, resistencia, coraje.

Hay momentos en los que estamos en ciertos ángulos de la vida que nos hacen despreciar el valor, la humildad, el sacrificio, la abnegación, incluso lo sagrado. Hay momentos en los que sólo queda admirarse, en los que nos queda agradecer. Hay momentos en los que la frivolidad nos podría llevar a atrevernos a burlarnos del sencillo, del piadoso, del trabajador abnegado, del padre sacrificado, hay momentos en los que sólo nos queda admirarlos…. Hay momentos, esperemos que sean más frecuentes, en las que sólo nos queda alabar… su VALENTÍA.

Bernardo Marulanda es sodálite colombiano y tiene 32 años de edad. Se vinculó al Movimiento de Vida Cristiana y la familia espiritual en su ciudad natal, Medellín, el año 2000. Más adelante se vio llamado a trabajar ayudando a los demás gracias a sus participaciones en diversas actividades de Solidaridad en Marcha. Desde hace hace dos años vive en la comunidad sodálite de la ciudad de Ayaviri (Puno, Perú).