Al Dios escondido

Por: Cankin Ma.

Un himno eucarístico que me gusta mucho comienza así: “Adoro te devote, latens Deitas” (Te adoro con devoción, Dios escondido).

«Dios escondido». Una denominación que parece indicar un Dios lejano al hombre. El profeta Isaías tiene una expresión muy cercana: “Vere tu es Deus absconditus, Deus Israel, salvator” (Is 45,15). Lo sorprendente en ambas perspectivas es el tono de alegría y de victoria que podemos intuir. Dios escondido, y al mismo tiempo, Dios de Israel, el salvador.

Una página del Nuevo Testamento nos permite comprender mejor la experiencia de quien expresa con alegría su experiencia frente al Dios escondido. Leemos en la Carta a los Colosenses: «vuestra vida está oculta con Cristo en Dios» (Col 3,3). Si leemos el capítulo completo, notaremos la referencia de Pascual, a la vida en Cristo resucitado. Pero, tratando de mantener el enfoque inicial, ¿cómo puede la referencia a un Dios escondido ser un signo de presencia? ¿Cómo puede una «vida oculta» ser un signo de verdadera vida?

Cristo en su Pascua nos inserta en la vida de Dios. No es tanto un Dios que se esconde de nosotros, sino Dios que nos lleva a lo más íntimo de su vida, a lo “escondido” de la vida en Él. Es conocida la frase de San Agustín que afirma que Dios es «más interior que lo más íntimo mío». En lo más “escondido” de nosotros mismos no está la soledad, hay alguien, ¡está Dios!

Contemplamos a Dios dentro de nosotros y en las diferentes manifestaciones de su presencia. En la Eucaristía contemplamos su presencia por antonomasia. “por antonomasia, porque es también corporal y substancial, pues por ella ciertamente se hace presente Cristo, Dios y hombre, entero e íntegro”*. La frase completa de San Agustín cobra todavía más sentido: «Dios está por encima de lo más alto que hay en mí y está en lo más hondo de mi intimidad».

Al celebrar la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, meditemos sobre cómo el Dios escondido se hace presente y nos manifiesta su amor infinito. Y nosotros, seducidos por tan grande amor, no podemos hacer menos que adorarlo. Al mismo tiempo meditemos cómo, en la Eucaristía, Dios nos inserta en lo íntimo y “escondido” de su vida, somos transformados en santuarios vivos de su presencia.

* San Pablo VI, Mysterium Fidei, 41

Cankin Ma nació en Ecuador, hijo de padre chino. Es miembro del Sodalicio de Vida Cristiana, vive y trabaja apostólicamente en la comunidad sodálite "Mãe da Reconciliação" en la ciudad de Petrópolis (Rio de Janeiro, Brasil). Actualmente se prepara para el sacerdocio y estudia teología en la Universidad Católica de Petrópolis.