Una Fiesta en medio del fracaso

Por: Cankin Ma.

Hacer fiesta es algo que nos resulta muy habitual. Celebramos nuestro cumpleaños, los aniversarios de bodas, fin de un período de estudios, fin de año, y la lista puede seguir mucho más. Sin embargo, el contexto actual, de aislamiento social, ha demandado repensar el concepto y las formas de celebración. Y si vamos más hondo, acaba resonando la pregunta: ¿sabemos realmente hacer fiesta?

Luces, comida, colores, sonidos. Los últimos años han aumentado los atractivos. Hoy hacer fiesta es cosa seria, se contrata un party manager. Pero, ¿sabemos detenernos ante la maravilla de la vida?, ¿reconocemos lo misterioso de una etapa que termina y otra que inicia?, ¿cantamos himnos que expresan profundamente nuestra identidad? ¿O será que delegamos a «expertos» revestir y maquillar tanto nuestras celebraciones que lo más genuino se olvidó?

No sé si llego a graficarlo: hemos aprendido a hilvanar tantos detalles que lo principal quedó olvidado, postergado al azar de un buen recuerdo en la posteridad.

Vamos ahora por otro camino.

Hay personas que critican a las religiones por introducir rituales suntuosos para verdades irrelevantes, pero la verdad son varias de nuestras fiestas hoy esos rituales suntuosos que han quedado en la irrelevancia. ¿Cuán arbitrario es sino apagar las luces y traer una torta con velas encima mientras todos cantan?

De nuevo, nada contra las fiestas de cumpleaños, me encantan. Pero, ¿no será que nuestros rituales de celebración han quedado vaciados de sentido? Pues, ¿qué sentido tiene cantar y aplaudir por un año cumplido si ni siquiera sabemos qué cosas vivió la persona durante ese año?

Aquí está el punto al que quiero llegar. El centro de la celebración no es la fiesta, ni la torta, ni la música, ni los súper-efectos. El centro son las personas, y parece que nos hemos olvidado de ellas… y también de nosotros mismos.

¿Cuántas veces hemos asistido mega-eventos donde las personas no pasan de una masa informe con las manos levantadas? ¿Cuántas veces hemos participado de micro-eventos donde la única razón de estar allí es cumplir un protocolo?

He aquí una verdad que puede dar una luz: los cristianos dimos un giro al concepto de fiesta. Los verdaderos cristianos somos tal vez «escandalosamente festivos».

El centro de la vida cristiana es una fiesta, la Eucaristía. El centro del año de un cristiano es la fiesta de las fiestas: la Pascua de Cristo. Cada domingo no solo participamos de un ritual, celebramos una fiesta: Jesús dio el Paso definitivo. Es tan importante festejar ese Paso que se transforma en una obligación hacer memoria cada domingo de ello.

Ahora, destaquemos lo peculiar de esta fiesta. Celebramos una victoria, pero en medio de un fracaso. El Resucitado murió entre bandidos, el Resucitado «se nos escapó»; cuando subió a los cielos (y nos dejó «en espera» de su vuelta). Quizá nuestra sensibilidad se adormeció o se acostumbró, pero celebramos también la muerte y aún más el martirio. Los innumerables mártires de antaño son una muestra, y lo son todavía más los de hoy. En pleno siglo XXI personas mueren por celebrar una fiesta, la misa. Quizá un problema del hombre de nuestro tiempo sea haber olvidado hacer fiestas reales. ¿No será este el problema que sumió a algunos en la monotonía, el sinsentido y la depresión?

Tal vez esta Pascua, que será celebrada de forma muy diferente, nos ayude a dirigir nuestra mirada hacia el acontecimiento que es el centro de nuestra Vida en Cristo. Tal vez encontremos de forma renovada la capacidad paradójica que tenemos, los cristianos, de celebrar en medio del fracaso.

Cankin Ma nació en Ecuador, hijo de padre chino. Es miembro del Sodalicio de Vida Cristiana, vive y trabaja apostólicamente en la comunidad sodálite "Mãe da Reconciliação" en la ciudad de Petrópolis (Rio de Janeiro, Brasil). Actualmente se prepara para el sacerdocio y estudia teología en la Universidad Católica de Petrópolis.