Cuando ya no se puede curar, siempre se puede cuidar

Por Álvaro Díaz Díaz.

No son pocas las veces que he escuchado a algunos de mis pacientes con cáncer avanzado que me cuentan entristecidos y decepcionados cómo otros médicos les han dicho “por usted ya no hay nada que hacer”. Obviamente quien escucha estas palabras, sabiendo además que tiene una enfermedad incurable, siente que su vida ya tiene poco sentido y la desesperanza lo puede agobiar.

Quizá desde el punto de vista de la ciencia llega un momento en que no hay alternativas para curar, para resolver esa enfermedad o problema, pero tampoco tendría que haberla. Se nos ha metido en la cabeza que somos los humanos quienes tenemos que tener la respuesta para todo, la posibilidad de acabar con el dolor, con el sufrimiento. Especialmente esto sucede cuando nuestra cultura nos dice que el dolor y el sufrimiento no tienen sentido, que la muerte es lo peor que nos puede pasar, que si algo no se puede resolver entonces se desprecia y margina. Se nos olvidó que somos humanos, seres limitados y contingentes, que la vida tiene una dimensión de misterio que nos llama a tener mayor apertura a lo trascendente.

No todo está perdido

La buena noticia es que, aunque pareciera que todo está acabado para la medicina, en las últimas décadas, cuando las enfermedades crónicas y el envejecimiento son más frecuentes, han surgido alternativas que buscan responder a esta necesidad. Una de ellas son los cuidados paliativos, una manera de atender a las personas con enfermedades que no tienen cura, con una aproximación holística e integral. No solo preocupándose por las necesidades físicas, además de las emocionales, espirituales, familiares; buscando que el camino de dolor y sufrimiento que puede traer la enfermedad al final de la vida sea más llevadero, menos agobiante y que la muerte se perciba no como un final sin sentido, sino como ese tránsito que todos estamos invitados a hacer en paz y con mayor esperanza.

Pareciera que esta perspectiva de atención es novedosa, pero cuando volvemos a las raíces de la medicina, ha estado presente una preocupación por la dignidad y por el ser del enfermo. La esencia de la práctica médica nos invita a no ser indiferentes y a ofrecer a estos enfermos, los cuidados que son necesarios para brindar alivio y consuelo en medio de su fragilidad.

“a veces no podemos hacer casi nada para que regrese la deseada salud, pero sí mucho para mostrar nuestro afecto y cercanía. Eso ya es mucho. A veces basta con estar allí, a su lado. Con una palabra oportuna, o con la sonrisa de siempre; con un chiste, o con el recuerdo de momentos más felices, más buenos” (Fernando Pascual)

La muerte no es el final

La muerte, bajo esta perspectiva se considera como una realidad de la existencia humana, y es importante que las personas tengan una buena preparación para cuando llegue ese momento; no sólo se busca que no experimenten dolor o sufrimiento físico, sino que se propicia un acompañamiento integral para quienes  inevitablemente morirán pronto, puedan prepararse para dar este paso, en paz con Dios, consigo mismos, con los demás, con la tranquilidad que les da el haber vivido plenamente y si experimentan el dolor de faltas cometidas puedan llegar a la libertad tras arrepentirse y reconciliarse.

Dignos hasta el último momento

Los cuidados paliativos, realzan además la dignidad de la vida humana hasta el último momento de su existencia, respetan el ritmo natural de la vida, no haciendo nada por acelerar ni por retrasar la muerte. Por el hecho de que el cuerpo ya no sea “útil” el valor de la persona no se pierde, este ser es valioso por el mero hecho de existir. Por esto es por lo que este enfoque se aleja de propuestas como la eutanasia que busca acelerar el proceso de muerte, sin reconocer el valor de la vida por encima de cualquier otro valor, por pensar que el dolor es estéril y no da frutos y por pensar que si no hay un cuerpo o una mente integras ya no hay dignidad o no vale la pena seguir viviendo. Además, dista mucho de lo que conocemos como distanasia, que es otra manera de agredir la dignidad de quien sufre, pues consiste en iniciar o continuar intervenciones médicas que finalmente retrasan la muerte, pero que lo hacen a costa de un mayor sufrimiento y sin un resultado de mayor beneficio en la salud. Esto último es lo que se conoce también como obstinarse en los tratamientos innecesarios, que son consecuencia de no aceptar la muerte, tanto por parte de los médicos como de las personas enfermas y sus familias.

Pienso que cuando la sociedad está reclamando el derecho a la Eutanasia y a una “muerte digna”, no entiende lo que es la dignidad y primero tendría que reconocer y aprender a valorar otros caminos y alternativas para que consideren a los enfermos como seres dignos, como son los cuidados paliativos.

Como médico experimento que los cuidados paliativos me han enseñado a ser más consciente del sufrimiento del otro, a descubrir el valor que tienen pequeños actos y detalles para propiciar un bien, también a no ponerme en el primer lugar y reconocer mi humanidad y que, aunque a veces no esté en mis manos devolver completamente la salud si esta en mis manos hacer el bien por el enfermo hasta el último momento de su existencia.

Me identifico mucho con esta cita del autor ya mencionado anteriormente “…alguien nos quiere allí, alguien nos espera a su lado. Un día nos dejará, irá a otros cielos. Su partida será un momento de dolor, pero no un adiós definitivo: será un ‘hasta luego‘. Un ‘hasta luego‘  que nos hará sentir que no fue tiempo perdido el que pasamos junto a él, como si preparásemos ahora esa dicha de los cielos, donde el amor es simplemente eso: estar junto a un enfermo”. (Fernando Pascual)

Álvaro Díaz Díaz, nacido en Medellín, Colombia en 1985. Laico consagrado miembro del Sodalicio de Vida Cristiana desde 2009. Es médico internista de la Universidad CES (Medellín, Colombia). Trabaja como médico en el equipo de Cuidados Paliativos del Centro Médico Imbanaco en la ciudad de Cali, Colombia.