Todo se tiñe de morado

Por: David Strycula.

El punzante e intenso olor del incienso se mezcla con el aroma del recién horneado turrón de doña pepa, un postre peruano tradicional. La música de la banda que acompaña la procesión se fusiona con las oraciones de decenas de miles de personas… y el morado está en todos lados.

Es el mes morado en el Perú. A lo largo de octubre, los fieles peruanos vienen a rezar y participar de la procesión del Señor de los Milagros, la devoción más grande en el país. Tristemente debido a la pandemia del Covid-19 esta vez no se realizará por segundo año consecutivo. El Señor de los Milagros es una festividad cultural tan significativa para la sociedad peruana que se celebra en casi todo lugar donde residen peruanos. Se celebra en Lima y en cerca de 260 ciudades en diversos países. Se la considera como la procesión religiosa más grande del mundo.

La imagen del Señor de los Milagros

Altar de la Iglesia de las Nazarenas (Fuente: Guía de peregrinación mundial)

La devoción se centra en torno a una pintura de un Cristo moreno que se encuentra en la iglesia del Santuario de las Nazarenas en Lima. Muestra a un Cristo crucificado acompañado por las otras dos personas de la Santísima Trinidad junto a la Virgen María y el apóstol San Juan. La imagen habría sido pintada por un esclavo angoleño en el año 1651.

Luego de sobrevivir terremotos, intentos de ser borrada, y habérsele atribuido muchos milagros, la imagen se ganó el título de Señor de los Milagros. La imagen es venerada y tiene un lugar especial en el corazón de todos los peruanos. Miles de personas se aglomeran en las calles durante octubre para presentarle al Señor de los Milagros sus necesidades, preocupaciones e intenciones.

La parte central de la devoción consiste en una procesión en la que una réplica de la pintura es llevada en andas que pesan cerca de dos toneladas. Las andas son cargadas por cuadrillas de hermanos miembros de la Hermandad de Nuestro Señor de los Milagros. La imagen recorre todas las calles de la ciudad durante el mes de octubre. La procesión es una hermosa expresión de piedad popular y alcanza su punto más alto en el día central con una procesión de 24 horas sin detenerse.

El Señor de los Milagros y la piedad popular

Fuente: Flickr del Arzobispado de Lima

El Catecismo de la Iglesia Católica dice que «Además de la liturgia, la vida cristiana se nutre de formas variadas de piedad popular, enraizadas en las distintas culturas. Esclareciéndolas a la luz de la fe, la Iglesia favorece aquellas formas de religiosidad popular que expresan mejor un sentido evangélico y una sabiduría humana, y que enriquecen la vida cristiana» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1679).

El Papa Francisco en su encíclica Evangelii Gaudium habla de «la fuerza evangelizadora de la piedad popular» (EG 122). Afirma que «cada pueblo es el creador de su cultura y el protagonista de su historia» y que «el ser humano “es al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que pertenece”». El Papa elogia y alaba el efecto cultural que la piedad popular puede tener en una sociedad. Al exhortarnos a que «no coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera», el Papa enfatiza la naturaleza apostólica de la piedad popular (EG 124).

Más aún, el Papa señala que la piedad popular tiene un doble efecto. No solo evangeliza la cultura en la que se practica; sino que adicionalmente renueva y profundiza la fe que ya existe en ella también. Citando el Documento de Aparecida, el Papa señala que es «una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros» conlleva la gracia de la misionariedad (…) y es en sí mismo un gesto evangelizador» (ibid).

El impacto sociocultural de la piedad popular

Fuente: Flickr del Arzobispado de Lima

A lo largo de mis últimos tres años en Latinoamérica he tenido el privilegio de participar en varias procesiones del Señor de los Milagros. Cómo norteamericano, siempre ha sido para mí una experiencia intrigante y reflexiva. Como alguien que nació y creció en los Estados Unidos —una cultura que no es inherentemente ni predominantemente católica; ni propicia a las expresiones públicas de fe— mi reacción inicial a la procesión del Señor de los Milagros implicó una amplia gama de experiencias. Sentí desde confusión hasta admiración, desde desconfianza hasta aprecio. Sin embargo, a lo largo de mis participaciones en la procesión, lentamente reconocí que es algo que debe ser protegido y atesorado. Pero además tiene implicancias profundas y expansivas.

Siempre me ha parecido significativo que el mismo acto de procesionar por una ciudad es un acto que tiene profundas implicancias sociales y culturales. No es solo una manifestación visible del deseo de que Cristo, el Señor de los Milagros, “entre” y “permee” la cultura, la sociedad y la ciudad. Es también una manifestación que se contradice con la falsa contradicción entre la fe católica y la vida.

Al “caminar” Cristo por las calles y “visitar” diversos lugares a través de la devoción e imagen del Señor de los Milagros —y otras expresiones de piedad popular— demuestra el deseo de la Fe de permear y hacer plena la vida de las personas y la sociedad. Ofrece un «espacio de encuentro con Jesucristo», y es una manera de «mantener viva la relación entre la fe y las culturas de los pueblos a los que pertenecéis» (Homilía del Papa Francisco con ocasión de la Jornada de cofradías y la piedad popular, 2013).

Las procesiones son momentos de conversión personal y cohesión entre la fe y la vida tanto personal como socialmente. Porque a través de la piedad popular «la fe ha entrado en el corazón de los hombres, formando parte de sus sentimientos, costumbres, sentir y vivir común» (Carta de Benedicto XVI a los seminaristas, 2010).

La piedad popular como medio de reconciliación

Fuente: Flickr del Arzobispado de Lima

Debido a su efecto evangelizador, apostólico y de conversión, estas expresiones son formas en las que un cambio social real se realiza y se obtiene. Porque así como lo explica el Catecismo, para «obtener cambios sociales que estén realmente a su servicio. La prioridad reconocida a la conversión del corazón no elimina en modo alguno, sino, al contrario, impone la obligación de introducir en las instituciones y condiciones de vida, cuando inducen al pecado, las mejoras convenientes para que aquéllas se conformen a las normas de la justicia y favorezcan el bien en lugar de oponerse a él» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1888).

El Señor de los Milagros y otras devociones similares sirven una valiosa y hermosa función como expresiones no solo de fe, cultura y vida en sociedad. Más aún, sirven un rol vital en el cultivo de una sociedad que sea más coherente con las verdades reveladas de fe. Esto a su vez permitirá cultivar una sociedad que sea más reconciliada, más personalizante y más justa.

Por todas estas razones es que he podido reconocer y valorar el profundo impacto que tienen el Señor de los Milagros y otras expresiones de piedad popular en las vidas de las personas y de la sociedad. En efecto, a través de mi experiencia y el ver los frutos de la devoción he venido a creer que el Señor de los Milagros es algo especial, sumamente valioso y edificante para la Iglesia Peruana y Universal.

¡Qué viva el Señor de los Milagros!

David Strycula, estadounidense de nacimiento, ingresó el Sodalicio de Vita Cristiana como aspirante en 2010. Actualmente, vive en Denver, Colorado trabajando en Christ in the City, un proyecto de atención y acercamiento a las personas sin techo, y estudia en el seminario.