¿Por qué confesarme?

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Por: Gilberto Cunha.

Mañana se inicia la sexta jornada “24 horas para el Señor” que el Papa Francisco ha convocado, en la cual, habrá 24 horas de confesiones ininterrumpidas en las principales iglesias del mundo. Una jornada hermosa que ayuda a vivir la reconciliación con Dios en medio del tiempo de cuaresma, tiempo de conversión.

A partir de una catequesis que el Papa Francisco ofreció hace unos años (19/02/14) me gustaría aprovechar esta oportunidad para reflexionar un poco sobre este valioso sacramento y buscar responder a algunas dudas, miedos y hasta ideas preconcebidas que muchas veces nos impiden recibir, en las palabras de Francisco, el “abrazo de la misericordia infinita del Padre”. ¿A quién no le gusta ser abrazado, recibir el perdón, tener la chance de todavía recomenzar mejor que antes? ¿Quién prefiere vivir frustrado, con una sensación de vacío, de estar en falta en vez de ser amado profundamente y tener una vida con sentido pleno?

Recordemos, en primer lugar, que el “Sacramento de la Reconciliación nos fue dado por Jesús en el domingo de Pascua, cuando dijo a los discípulos: «Reciban el Espíritu Santo. Aquellos a los que perdonen los pecados, quedarán perdonados» (Jn 20, 22-23)”. Esas primeras palabras de Francisco responden a una de las justificativas que muchas personas dan para no acudir a este sacramento: “ah, yo puedo confesarme directamente con Dios, igual Él me va perdonar”. Si fuese realmente así, ¿por qué Jesús se daría el trabajo de escoger hombres para perdonar los pecados como Él lo hizo en el tiempo de su vida pública?

En el Youcat (228) podemos encontrar una pista del por qué Jesús lo quiso así: “Él nos conoce. Hacemos trampas con respecto a nuestros pecados, nos gusta echar tierra sobre ciertos asuntos. Por eso Dios quiere que expresemos nuestros pecados y que los confesemos cara a cara. Por eso es válido para los sacerdotes.” Recordemos que es Cristo quien actúa en la persona del sacerdote. ¿No es tan bueno escuchar aquellas palabras llenas de perdón, de acogida, de alivio: “tus pecados están perdonados”?

Pero el padre es pecador como yo, entonces, ¿por qué debo confesarme con él? Justamente por eso Cristo quiere valerse de lo frágil, de lo humano para elevarnos, para rescatarnos del pecado y darnos vida nueva. Los sacerdotes, pecadores como nosotros, son apenas transmisores de la gracia de Dios. El Papa nos los explica: “El perdón se pide, se pide a Otro. Y en la Confesión pedimos el perdón a Jesús. El perdón no es el fruto de nuestros esfuerzos, sino que es un regalo, un don del Espíritu Santo, que nos llena con el baño de misericordia y de gracia que fluye sin cesar del corazón abierto de par en par de Cristo crucificado y resucitado”.

Otro aspecto muy valioso, que el Papa Francisco abordó en la catequesis, es la dimensión eclesial de este sacramento: “no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humildemente y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana.”

Es tan hermoso saber que existen tantas otras personas como nosotros, en el campo de batalla, frágiles, con tantas limitaciones, que necesitan constantemente de la ayuda de Dios. Buscar juntos la reconciliación con Dios nos une más como familia, nos fortalece y esa gracia se difunde entre todos los cristianos en todo el mundo. Entendamos, entonces, cada vez que me arrepiento y busco la reconciliación es como si se prendiese una luz en el mundo. La fe renovada (recuerdo que soy hijo de Dios y tengo un Padre que me ama), la esperanza es fortalecida (creo nuevamente que puedo ir adelante, que soy valioso y que puedo realmente ser feliz para siempre y plenamente) y eso me lleva naturalmente a amar más a mí mismo y a mis hermanos, especialmente a los que más necesitan. Dios se alegra mucho con verme bien, con verme yo siendo lo mejor de mí. Él reconoce nuevamente la imagen de su Hijo en nosotros. Se contenta tanto que ofrece una gran fiesta en el cielo. Basta que recordemos las parábolas de la misericordia (Ver Lc 15).

Queridos amigos, no tengamos miedo o vergüenza de buscar con frecuencia la reconciliación, pues este sacramento “significa estar envueltos en un cálido abrazo: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre” (Papa Francisco). Y si falta un poco de valentía, vayamos acompañados de la mano amorosa de María. Ella nos guiará con mano firme de madre al encuentro de su Hijo, para que cada día seamos más semejantes a Él.

Gilberto Cunha - Sodalicio de Vida CristianaGilberto Cunha, brasileño, es laico consagrado en el Sodalicio de Vida Cristiana. Profesional en Filosofía y Análisis de Sistemas. Actualmente es estudiante de Teología y vive en la comunidad «Mãe dos Apóstolos» en la ciudad de São Paulo, Brasil.