¿Qué es el Bautismo?

Por: Gilberto Cunha.

La Iglesia Católica tiene siete sacramentos que marcan etapas importantes en la vida cristiana.

Los sacramentos son signos sensibles y eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, a través de los cuales se nos da vida divina. A través de ellos, los católicos se fortalecen y también expresan su fe, así como renuevan su compromiso cristiano.

Son siete y se dividen en tres grupos: iniciación cristiana (bautismo, eucaristía y confirmación), curación (reconciliación, también conocida como confesión, y unción de los enfermos) y servicio de comunión y de la misión (orden sacerdotal y matrimonio).

El bautismo es el puente que Dios construyó entre Él y nosotros, el camino a través del cual se hace accesible.

Para el Papa Benedicto XVI, este sacramento es el arcoíris divino sobre nuestra vida, la puerta de la esperanza y, al mismo tiempo, la señal que nos muestra el camino a seguir de una manera activa y alegre para encontrarlo y sentirnos amados por Él.

Significado del bautismo

El bautismo es un nuevo nacimiento, que precede a nuestro hacer. Con nuestra fe podemos ir al encuentro de Cristo, pero solamente Él puede hacernos cristianos y dar a nuestra voluntad, a nuestro deseo, la respuesta, la dignidad, el poder de convertirnos en hijos de Dios que nosotros mismos no tenemos.

El bautismo es la puerta de entrada a la vida en comunión con la Iglesia de Cristo, que a través del agua, el ser humano se convierte en un hijo de Dios, participante en la vida de la Trinidad.

Jesús mismo se dejó bautizar en el río Jordán por Juan el Bautista. Se sometió al bautismo para transformar nuestra humanidad al participar en la vida de Dios.

Durante la Fiesta del Bautismo del Señor del año 2012, el Papa Benedicto XVI reflexionó sobre el significado de ser hijos de Dios.

“Venir al mundo nunca es una decisión personal, no se nos pregunta antes si queremos nacer. Pero, durante la vida, podemos madurar una actitud libre con respecto a la vida misma: podemos acogerla como un don y, en cierto sentido, «llegar a ser» lo que ya somos: llegar a ser hijos.”, dijo.

Dios se hizo Hijo del Hombre, para que el hombre pudiera convertirse en un hijo de Dios, a través del Bautismo.

Creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, nos lleva a renacer de lo alto, es decir, de Dios, que es amor (Jn 3,3).

Todos nacemos sin nuestro propio hacer, el pasivo de haber nacido precede al activo de nuestro hacer. Lo mismo se dice también de ser cristiano: nadie puede convertirse en cristiano solo por su propia voluntad, también ser cristiano es un don que precede a nuestro hacer: debemos renacer en un nuevo nacimiento.

San Juan dice: A los que lo recibieron, les dio el poder de convertirse en hijos de Dios (Jn 1:12). Este es el sentido del sacramento del bautismo, el bautismo es un nuevo nacimiento, que precede a nuestro hacer.

Algunos aspectos de este sacramento

Los ministros ordinarios del bautismo son el obispo, el sacerdote y el diácono. En situaciones urgentes, cualquier persona puede bautizar, siempre y cuando tengan la intención de hacerlo como la Iglesia lo pide: vertir agua sobre la cabeza del candidato y decir la fórmula bautismal: «Yo te bautizo en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo».

La Iglesia promueve el bautismo de todos, incluidos los niños, porque todos nacemos con la herida del pecado original y necesitamos ser liberados del poder del maligno y comenzar la vida de gracia, para vivir la libertad de los hijos de Dios. No podemos privar a los niños de esa invaluable gracia de convertirse en hijos de Dios.

A pesar de ser necesario para la salvación de todos, hay situaciones en las que las personas pueden salvarse incluso sin haber recibido el Bautismo. Estos son los casos de bautismo de sangre (un no-bautizado que muere por fe), bautismo de deseo (aquellos que no conocieron a Cristo y su Iglesia, pero vivieron una vida virtuosa que si hubieran tenido la oportunidad de ser bautizados hubieran dicho que sí) y catecúmenos que mueren. En el caso de los niños que mueren sin ser bautizados, la Iglesia los confía a la misericordia de Dios, que tiene predilección por los pequeños.

Gilberto Cunha, brasileño, es laico consagrado en el Sodalicio de Vida Cristiana. Bachiller en Análisis de Sistemas, Filosofía y Teología. Vive en la comunidad "Mãe dos Apóstolos" en la ciudad de São Paulo, Brasil.