¿Qué es el sacramento de la Reconciliación?

Por: Gilberto Cunha.

Uno de los sacramentos en los que la bondad y el amor de Dios por nosotros se manifiesta con mayor fuerza es el de la penitencia o la reconciliación, también conocida como la confesión. Antes de profundizar en este sacramento, es importante saber un poco más sobre la misericordia divina, para que ya no tengamos miedo o prejuicios en la búsqueda del perdón de Dios a través de este sacramento.

Jesús es la encarnación de la misericordia

Jesús vino al mundo para revelarnos el amor misericordioso del Padre. Él es la encarnación misma de la misericordia. Podríamos decir que Jesús tiene predilección por los pecadores. Basta que recordemos a varios que Jesús perdonó y llamó a seguirlo. Algunos de ellos son María Magdalena y Pedro, que se convirtieron en santos.

María Magdalena antes de encontrarse con Jesús era una prostituta. Después de experimentar el perdón y la misericordia del Señor, se convirtió y nunca más dejó de seguirlo. Todos los apóstoles, excepto Juan, huyeron cuando Cristo fue arrestado y crucificado. Ella fue una de las pocas que permaneció fiel y de pie ante la Cruz. También fue una de las primeras en testimoniar la resurrección de Jesús, incluso antes de los apóstoles.

Pedro, impetuoso e irascible, expresó claramente la fragilidad humana: incluso después de ver al Señor realizar cosas fantásticas, innumerables milagros, lo niega tres veces, justo cuando Jesús más lo necesitaba. El que una vez fue audaz, de carácter fuerte, manifiesta toda su miseria y debilidad al mentir y negar a Cristo. ¿Y cuál es la actitud de Jesús hacia Pedro cuando lo halla en ese hermoso encuentro junto al río, después de haber resucitado? Lo perdona y lo invita a la misión más grande que un hombre pueda tener en el mundo: ser la cabeza de su Iglesia.

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.» Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas.» Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas»

(Jn 21,15-17).

Podemos ver en estos dos ejemplos de vida que Cristo, además de perdonarnos, eleva nuestra dignidad y nos invita a cosas más grandes. Lo hace porque nos ama profundamente y siempre apuesta por nosotros.

La misericordia del Padre es infinita

San Juan Pablo II escribió una profunda reflexión sobre la misericordia del Padre en su encíclica Dives in Misericordia. En un extracto de su reflexión sobre la parábola del hijo pródigo (una de las tres parábolas de la misericordia), dice lo siguiente:

«La misericordia —tal como Cristo nos la ha presentado en la parábola del hijo pródigo— tiene la forma interior del amor, que en el Nuevo Testamento se llama agapé. Tal amor es capaz de inclinarse hacia todo hijo pródigo, toda miseria humana y singularmente hacia toda miseria moral o pecado. Cuando esto ocurre, el que es objeto de misericordia no se siente humillado, sino como hallado de nuevo y «revalorizado». El padre le manifiesta, particularmente, su alegría por haber sido «hallado de nuevo» y por «haber resucitado». Esta alegría indica un bien inviolado: un hijo, por más que sea pródigo, no deja de ser hijo real de su padre; indica además un bien hallado de nuevo, que en el caso del hijo pródigo fue la vuelta a la verdad de sí mismo».

No tener miedo o prejuicios para recibir este sacramento

Profundizando en la misericordia de Dios y su actitud hacia los pecadores, vemos que no hay razón por la cual no debemos buscar su perdón a través del sacramento de la Reconciliación. Ideas como «yo me confieso directamente con Dios», «mi pecado no tiene perdón»;, «¿por qué confesarme con un hombre pecador como yo?»; y tantas otras, no tienen sentido si las comparamos con el amor de Dios por nosotros y el deseo de Cristo de que siempre busquemos su perdón.

En cuanto a la primera idea equivocada, basta con decir que Cristo fue quien instituyó el sacramento de la reconciliación. En uno de sus encuentros con los apóstoles, después de resucitar, dice lo siguiente: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». (Jn 20, 22-23).

Con respecto a la segunda afirmación, podemos decir que todo pecado tiene perdón. No existe ninguna herida que Jesús no pueda sanar. Por eso murió en la cruz: para perdonar todos nuestros pecados.

Por último, no debemos tener miedo ni prejuicio sobre confesar nuestros pecados a un sacerdote, pecador como nosotros. Cristo quiso escoger al hombre mismo para ser un instrumento de su amor misericordioso. Él quiere que nuestros sentidos experimenten el perdón. Además de la gracia que obra en el sacramento, escuchamos las palabras del Señor en la persona del sacerdote: tus pecados son perdonados. El sacerdote actúa in persona Christi (en la persona de Cristo). En ese momento cuando estoy confesándome al sacerdote, es Cristo quien está presente en su persona para perdonarme.

Algunos aspectos de este sacramento

Algunos nombres de este sacramento son: sacramento de la conversión (lo que se busca al confesarse es responder a la invitación de Jesús a la conversión), sacramento de penitencia (esfuerzo que hacemos para ayudarnos a reparar los pecados cometidos y fortalecernos para el lucha), sacramento de la confesión (porque confesar los pecados es un elemento esencial de ese sacramento), sacramento del perdón (porque a través de él recibimos el perdón y la paz) y finalmente sacramento de la reconciliación (porque manifiesta al pecador el amor de Dios que se reconcilia).

Los pasos para una buena confesión son los siguientes: examen de conciencia, arrepentimiento de tener pecado (contrición), confesión de los pecados y la decisión de no pecar más (este es el significado de la penitencia solicitada por el sacerdote).

Al confesarse es muy importante que se digan todos los pecados que recordamos en este momento, especialmente los mortales. Si olvidamos algún pecado, no hay problema, porque Dios perdona todos los pecados. Sin embargo, si ocultamos conscientemente alguna falla grave, la confesión no es plena: es como ir al médico queriendo curarnos y ocultar uno de los síntomas. La confesión de faltas leves también es muy recomendable, ya que nos ayuda a ser más conscientes de nuestra condición de pecadores, buscando así cada día ser más semejantes a Cristo.

Los ministros de ese sacramento son los obispos y los sacerdotes. Cristo dio el poder de perdonar los pecados solo a ellos. Tienen la misión, a pesar de su condición de pecadores, de transmitir la misericordia de Dios. La gracia de Dios adquiere una fuerza mayor cuando se transmite por vasos de barro.

Cuando recibimos el sacramento, nos reconciliamos en los cuatro niveles de relación: con Dios, conmigo mismo, con mis hermanos (y, en consecuencia, con la Iglesia) y con la creación.

Una práctica muy recomendable para obtener la misericordia de Dios para nuestros hermanos y hermanas que ya partieron a una nueva vida es la indulgencia.

Aceptemos el regalo de la reconciliación, acompañados de María, la Madre de la Misericordia.

María, como nadie, quiere que todos acojan el amor de su Hijo. Ella es, como rezamos en La Salve, la Madre de la Misericordia. Con María, ningún pecador está perdido. Uno de los últimos recursos que tiene el pecador es el Ave María.

Aceptemos el regalo de la reconciliación, guiados por Nuestra Madre Aparecida, seguros de que Dios siempre acoge a su hijo pródigo.

Para profundizar este sacramento:

Catecismo de la Iglesia Católica: 1422-1498

Carta Encíclica Dives In Misericordia de San Juan Pablo II

Gilberto Cunha, brasileño, es laico consagrado en el Sodalicio de Vida Cristiana. Bachiller en Análisis de Sistemas, Filosofía y Teología. Vive en la comunidad "Mãe dos Apóstolos" en la ciudad de São Paulo, Brasil.