¿Es posible vivir sin fe?

Por: Juan Fernando Sardi.

«La incredulidad es esencialmente contraria a la naturaleza del hombre» decía santo Tomás de Aquino [S. Tomás de Aquino, S.T.,II-III q. 10a. I ad 1]. Y cabe preguntarse entonces: ¿Es posible vivir sin fe?

Analicemos nuestra vida cotidiana para ver si es posible vivir sin creer en “algo” o en alguien.

Un acto tan simple y cotidiano como lo es subirse en un ascensor demanda “fe”, pues ¿sabes exactamente cómo funciona el ascensor? ¿sabes quién lo construyó y si lo hizo según los mejores estándares? ¿sabes si ha sido revisado últimamente? La mayoría de las personas respondería negativamente a estas preguntas; sin embargo, suben sin preguntárselo, y de la manera más “natural” posible, a uno de estos “aparatos” todos los días. Es claro que muchas de las cosas que utilizamos en nuestra vida cotidiana —sobre todo en ésta, nuestra era tecnológica— las aceptamos con una cierta confianza “ciega” en la ciencia que está detrás de ellas, y tanto más cuando dicha confianza aparece suficientemente confirmada por la experiencia común.

Benedicto XVI, en ese entonces cardenal Joseph Ratzinger, afirmaba en uno de sus escritos: «vivimos en una red de no conocimientos, de los que sin embargo nos fiamos a causa de las experiencias generalmente positivas (de otros)» [J. Ratzinger, Mirar a Cristo, EDICEP, Valencia 2005. p. 14.]. Si analizamos nuestro vivir cotidiano, nos daremos cuenta de que usualmente confiamos en otros y en sus conocimientos —así estos no sean nuestros— y participamos confiadamente del saber de otros. Por esta razón, confiamos en que al usar un celular éste no va a estallar; no precisamente porque nosotros mismos tengamos el conocimiento del “cómo” funciona, sino porque sabemos y confiamos en que hay alguien que efectivamente sí sabe “cómo” funciona y precisamente gracias a ello nosotros podemos tener ese “aparato” en nuestras manos y podemos utilizarlo para llamar a una amigo.

Es inevitable, nadie puede saberlo todo ni dominar absolutamente con su propio saber aquello en lo que se basa nuestra vida. Es por eso que podemos afirmar que la fe —entendida como la confianza en el otro— es indispensable para nuestra vida cotidiana. Sin fe simplemente no nos moveríamos, no subiríamos al carro, no usaríamos el celular ni el computador. Sin esta confianza nada funcionaría, pues todos y cada uno de nosotros tendría que comenzar “de cero”, desde el principio, si es que no tuviéramos esta confianza en el conocimiento de otro. En ese sentido, el más profundo, la vida humana sería prácticamente imposible si no pudiéramos confiar en el otro y en los otros, puesto que uno mismo no puede fiarse únicamente de la propia experiencia ni únicamente en sus propios conocimientos

Pero visto desde otro ángulo, la fe denota en cierto sentido una “ignorancia” y conocer sería mejor. Existe entonces el deseo natural de pasar, en la medida en que nos es posible, de la ignorancia al saber, a un conocer justo y significativo, por lo menos en el campo de la ciencia. Sin embargo debemos aceptar que no podremos conocerlo todo y por tanto nos vemos obligados a participar de la común comprensión y dominio de este mundo. Una comprensión que aún siendo vasta no es total. En pocas palabras, en una sociedad sin confianza no se puede vivir. La confianza es una base fundamental de toda sociedad humana.

Siguiendo nuestra argumentación, podemos entonces afirmar que no es necesario comprender cómo funciona la ley de la gravedad para creer en ella: la experimentamos diariamente, incluso sin darnos cuenta, como cuando caminamos o gracias a un duro golpe ante una caída, y sobretodo en este último caso nos damos cuenta de que no podemos ignorarla, aunque no conozcamos ni comprendamos su explicación científica.

Esta “fe natural” —en palabras de Joseph Ratzinger— se compone de tres elementos fundamentales e innegables a tener en cuenta:

  1. Se refiere siempre a alguien que “conoce”; es decir, presupone el conocimiento real de personas cualificadas y dignas de confianza que nos dicen que eso es así.
  2. La confianza de “muchos”, que basan el uso cotidiano de las cosas en la solidez del “saber” que hay dentro de ellas. Es decir, hay un orden y una “racionalidad” en las cosas, de la que no participo conscientemente pero que sé que existe.
  3. Hay una cierta verificación personal de ese “saber de otros” mediante la experiencia de cada día.


Estos tres elementos hacen que
nuestra confianza no sea irracional. Un buen ejemplo para ilustrar estos tres elementos aplicados a nuestra vida cotidiana es la electricidad: muchos de nosotros no podemos demostrar científicamente la existencia y las propiedades físicas de la electricidad, pero la lámpara encendida al lado de mi cama me dice que es real, que aunque yo no sea uno de aquellos que “conocen” cómo funciona exactamente la electricidad, no obro con una fe (o confianza) completamente irracional al tratar de encender la lámpara, sino que mi “fe natural” en las propiedades físicas de la electricidad está basada en una experiencia, en una corroboración personal.

Todo lo anterior hace referencia, como ya hemos dicho, a una cierta fe “natural”, de la cual muchos no son conscientes y de la cual participan constantemente. Sin embargo, quien acepta libremente que esto que estamos diciendo es real, que hay que tener una cierta “fe natural” para vivir una vida “normal”, podría también abrirse progresivamente a aceptar que no es irracional creer en “algo”, o mejor aún, en “Alguien” que no está sujeto a estas leyes “naturales”: Dios. Siempre y cuando esta FE —llamémosla sobrenatural—  en Dios posea los tres elementos enunciados anteriormente: Confianza en alguien digno de nuestra confianza, confianza en otros “muchos” que por su propia experiencia verifican que es así, y finalmente, en nuestra propia experiencia personal.

Este ulterior paso, mucho más difícil para quienes buscan comprobarlo todo mediante el método científico y para quienes creen que la realidad se limita a lo que puedo percibir por medio de los sentidos externos, requiere de un asentimiento humilde de la razón, que se sabe incapaz de conocerlo todo y por tanto acepta que existe una realidad “imperceptible” pero que es tanto o más real que lo que puedo percibir con los sentidos. Esa es la realidad sobrenatural, y para verla y conocerla es necesaria la gracia de la fe sobrenatural. Porque la fe en Dios es un don, un regalo, que hay que pedir.

Juan Fernando Sardi es médico de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá, Colombia. Además, estudió filosofía y teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (Italia), donde actualmente está realizando una Licencia en Teología Dogmática, como preparación para su ordenación sacerdotal en el Sodalitium, comunidad de la que es miembro desde 2004. En los últimos años se ha dedicado al apostolado con jóvenes y familias en Roma.