El legado de San Francisco de Asis

Por: Martín Ugarteche. (Tomado del portal A12.com)

No sé si ya te lo dije, pero no soy brasileño. Soy peruano , pero amo a Brasil como mi segunda patria, que me recibió con los brazos abiertos durante casi 20 años. El tema de hoy es difícil: ¡Cuántas cosas se podrían decir de San Francisco de Asís! Voy a traer un poquito el agua a mi molino para hablar de su hijo, santo franciscano y peruano, San Francisco Solano, fallecido en 1610. En el día de su entierro, estaba reunida toda la sociedad limeña y el Virrey, Marqués de Montesclaros, llamó tanto al superior de los franciscanos  como al de los agustinos a arrodillarse frente al ataúd del santo y luego darse un abrazo.

Era conocida por todos la rivalidad entre las dos órdenes y las constantes disputas en las que se veían envueltos sus miembros, para escándalo de los cristianos y de la sociedad en su conjunto, por ver a los hombres religiosos, hermanos en Cristo, divididos de esta manera. En este contexto, el abrazo junto al féretro de San Francisco Solano fue un abrazo de reconciliación. Días después, los agustinos organizaron un banquete e invitaron a los franciscanos, sellando los frutos de esta reconciliación.

Esta historia, que alguien me contó hace un tiempo, me hizo pensar en el mismo San Francisco de Asís como un artesano de la reconciliación, alguien llamado por Dios para “reconstruir”  su Iglesia. Esta reconstrucción comienza con el corazón humano, en el que Dios quiso fundar su Iglesia, y en las comunidades en las que estamos insertos, con los hermanos que comparten nuestra vida, que tienen un rostro y una voz concretos, que trabajan con nosotros en la misión evangelizadora, que celebran y cantan con nosotros el misterio de la Redención en la Asamblea Eucarística.

Creo que es un mensaje muy actual para cada uno de nosotros en el contexto en el que vivimos, de profunda división y conflicto, a nivel nacional, regional y global. Sí, es necesario que cada uno de nosotros se involucre con el crecimiento del Reino de Dios, pero es necesario que no olvidemos el método enseñado por Cristo, de la mansedumbre, la paciencia, la humildad  del pequeño grano de mostaza, que no crece con ritmo de triunfalismos mundanos. 

Realmente hay mucho que hacer en muchas áreas de nuestra cultura. Pero en todo esto la actitud tiene que ser la de la sencillez, la de la conciencia de la propia pequeñez y, sobre todo, la del respeto a los demás, por diferentes que sean sus visiones del mundo y de las cosas.

Para los cristianos es importante conocer la Doctrina Social de la Iglesia, interiorizar cada uno de sus principios. Es necesario que conozcamos el orden objetivo de valores, accesible no solo a los cristianos, sino también a los hombres de buena voluntad. Pero también es necesario que, al defenderlos y promoverlos, seamos coherentes con ellos en nuestra forma de actuar. El «qué» es importante, pero también el «cómo». El método asumido nuevamente es esencial y, me atrevería a decir, también está contenido como parte esencial del “qué”.

Una de las películas que más me gustan de la vida de São Francisco de Assis es “Hermano Sol, hermana luna”, del director Franco Zefirelli. Recientemente supe que también es una película muy querida del Papa Francisco. Una de las escenas que más me impactó de la película fue el encuentro entre San Francisco y el Papa Inocencio III. Con su pobreza, con su humildad, el pequeño fraile de Asís conmovió al Romano Pontífice, quien, iluminado por el Espíritu Santo, lo anima a continuar con su misión, a construir la Iglesia, a volver a los valores centrales del Evangelio.

En ese momento, ¿qué eran estos pobres frailes ante la corte papal? Sin embargo, Inocencio III ve en San Francisco y sus hermanos una esperanza para la Iglesia, una pequeña semilla del Reino. Que nosotros también podamos construir puentes de reconciliación desde la vida cotidiana, desde esas situaciones comunes. O más bien, dejemos que Dios lo haga, cooperemos con lo que es su deseo: que todos seamos Uno, como Uno es Él con su Hijo Amado y con el Espíritu Santo.

Cada uno de nosotros, desde su lugar de servicio, desde su vocación particular, también está llamado a ser, como San Francisco de Asís, un constructor de la Iglesia, artesano de la reconciliación. Aceptemos este don en nuestro corazón y en nuestras comunidades, para proyectarlo en los distintos ámbitos de la vida social.

Martín Ugarteche nació en Lima, Perú, en el año 1978. Es miembro del Sodalicio de Vida Cristiana desde 1996. Desde el 2001 vive en la ciudad brasileña de Petrópolis, en la comunidad sodálite “Mãe da Reconciliação”, donde desarrolla diversos proyectos de formación y evangelización de la cultura. Es profesor de filosofía en la Universidad Católica de Petrópolis.