¿Sabías que la clave para ser feliz es aprender a sufrir? ¡Suena de locos pero te lo explico con detalles!

Por: Pablo Perazzo (Tomado de Catholic-Link).

En primer lugar, debemos empezar diciendo que el sufrimiento no se opone a la felicidad. Por supuesto, se hace más difícil, y dependiendo de la gravedad o del tipo de herida que sufrimos, la cosa se complica.

Cuando hablo de heridas, me refiero desde una pierna rota hasta el fallecimiento de una persona muy querida. Los sufrimientos pueden ser muy variados, además según cada persona, es una experiencia muy singular.

La vida, así como tiene experiencias maravillosas, también está transida de dificultades y obstáculos. Sea como sea, nos toca luchar por nuestra felicidad, con todas las luces y sombras que vivimos.

¿Cómo aceptar entonces el sufrimiento?

Cuando hablamos de aceptar el sufrimiento, es precisamente donde la perspectiva cristiana tiene un gran tesoro que aportar. Para una mirada simplemente humana, sean distintas corrientes de psicología o la misma medicina, el sufrimiento nunca va a tener algún sentido positivo, siempre será la «piedra en el zapato».

Se trata de un problema que hay que solucionar. En el mejor de los casos —pensemos en corrientes como la psicología positiva (sobre ella tenemos un curso online genial), la logoterapia o propuestas como el mindfulness— podemos sacarle el lado positivo, y tener una actitud resiliente.

Sin embargo, seguirá siendo algo negativo. Yo diría que finalmente, hay —de fondo— cierta resignación desesperanzada.

La mirada cristiana del sufrimiento

Cómo cristianos, el sufrimiento es una razón más para crecer como personas, para amar más, para vivir más como Cristo, adherirnos aún más a su cruz y crecer en santidad.

No es «algo» que tenemos que «resolver», como un problema matemático, ajeno a mi vida, algo que quiere atacarme, sino una herida en mi ser persona, que me hace sufrir.

Dicho esto, podemos comprender que el sufrimiento, así como el amor, la alegría o cualquier otra experiencia, es algo que debemos aprender a vivir.

Soy yo quién sufro. Si me cierro al sufrimiento, si no quiero aceptarlo y esforzarme por aprender a vivirlo —eso es el duelo, como elijo vivir el sufrimiento— me estoy negando a mi mismo.

Me estoy privando de vivir algo fundamental de mi vida, que es ese sendero de dolor, que con la mirada adecuada me permite ser cada vez más una persona feliz.

Entonces, vivir la perspectiva cristiana del sufrimiento no es como si tuviera que aprender una teoría, o estudiar un libro de autoayuda, y así solucionar el problema que me tiene angustiado o ansioso.

Sufrir personalmente como cristianos implica vivir una relación íntima con Jesucristo mismo. El sufrimiento es ocasión para relacionarme mucho más íntimamente con Él, entonces será ocasión para crecer y madurar.

¿Qué implica la cruz y el dolor?

Acordémonos que el que quiere seguir a Cristo, debe aprender a cargar sus cruces. Lo sigo con toda mi vida, o no lo sigo. No se puede seguir a Cristo a medias.

No puedo amar a una persona con la mitad de mi corazón. Estar con Cristo en mis alegrías, pero cuando se trata de sufrir, preferir mirar a otro lado, buscando huir o compensarme con las mentiras del mundo, que únicamente, me alejan cada vez más de mí mismo.

Debería resultarnos natural, normal querer sufrir —aunque suene un poco loco decirlo— porque sufrimientos tenemos todos. Cualquier autor espiritual, o cuántos santos nos hablan de la bendición que es la cruz para acercarse más al Señor, ser mejor cristiano y así poder crecer en el amor, siendo por eso más felices.

Puesto que el amor es camino de felicidad, y no se puede amar si no estamos dispuestos a sufrir. Obviamente, no se trata de ser masoquistas y que nos encante el dolor, sino ser realistas y saber cómo manejar esa dimensión tan propia de la vida del hombre, que está bajo las consecuencias del pecado.

Debemos ser los protagonistas de nuestro sufrimiento

Otro elemento que debemos considerar para comprender mejor todo esto, es que vivimos en una cultura que estigmatizó y huye cada vez más a cualquier tipo de dolor, de cruz. No soporta el sufrimiento.

Peor, no sabe cómo vivir el sufrimiento. Cualquier clase de dificultad es motivo para «mirar al costado», y buscar esas «compensaciones» de las que hablaba previamente.

Vivir en la superficialidad o una vida sin compromisos. Veo esto como un «signo de estos tiempos». Cada vez hay menos personas que saben sufrir.

El mundo, con las películas, series, y el estilo moderno de vivir, nos lleva por el camino radicalmente contrario a ese aprendizaje del sufrimiento.

Actitudes como: la búsqueda del confort, los caprichos, gustitos, comodidades, no compromisos, ley del mínimo esfuerzo, una vida en la que los placeres y todo lo material son las primeras preocupaciones, van deteriorando la actitud básica del cristiano, que es cargar las cruces de la vida.

Al huir, terminamos cada vez más enredados, pues no tenemos la valentía de asumir la propia vida con las consecuencias que implica.

Ese «aprender a sufrir» es el camino del duelo

Acuérdense de esta frase: el sufrimiento es lo que la herida nos hace, y el duelo es lo que nosotros le hacemos al sufrimiento.

No debemos hacernos las víctimas, sino protagonistas de nuestras cruces. No permitamos que el sufrimiento se convierta en un enemigo que nos apuñale y no nos permita vivir felices.

Puede ser que esa sea nuestra experiencia subjetiva, pero, en realidad, si aprendemos —en primer lugar— a aceptarlos como parte de esta vida, y lo asumimos como parte de un proceso de personalización, entonces nos hacemos protagonistas de la situación —por más complicada que sea— y vamos aprendiendo poco a poco a vivir la vida con ese sufrimiento.

Por supuesto es algo que debemos aprender, y por supuesto también requiere ciertas condiciones y actitudes personales.

Dejémonos ayudar y acompañar por Cristo

Él quiere hacernos el yugo más suave y la carga ligera. Junto a Cristo descubriremos un camino para crecer y madurar como personas y como cristianos.

En la cruz, Cristo convierte el sufrimiento en una ocasión de vivir el amor. Si nosotros aprendemos a compartir con Cristo nuestras cruces, haremos de nuestro sufrimiento un camino de amor, que nos hará más felices, pues el amor es el camino de felicidad.

Finalmente, todo eso nos lleva a amar más a los demás. Aprender de Cristo a amar, a través de la cruz, nos permite acompañar y ayudar a nuestros hermanos en sus sufrimientos.

Entonces, ya no nos centramos y nos quedamos «mirando el propio ombligo», «mordiéndonos la cola», volviéndonos el centro de la realidad, o haciendo de nuestro sufrimiento el centro de la propia vida, sino que ponemos el sufrimiento en «su lugar», y hacemos que el sentido de nuestra vida sea ayudar al prójimo.

Te comparto otros recursos sobre el sufrimiento que pueden serte útiles:

Libro recomendado: «Yo también quiero ser feliz en el sufrimiento»

Pablo Augusto Perazzo, brasileño, vive en Perú desde 1995. Licenciado en Filosofía, Magíster en Educación y tiene especializaciones en Antropología Cristiana y Logoterapia. Escribió el libro (2016): "Yo también quiero ser feliz". Es redactor de contenidos para Catholic-Link, y colabora con la Revista familiar VIVE (Guayaquil). Es conductor de dos programas en Radío María (Perú): “Vive Feliz” y “Matrimonios felices en Cristo” y es fundador del proyecto Felicitas que promueve la felicidad cristiana en los matrimonios.