¿Cómo vivir una auténtica amistad?

Por: Pablo Perazzo.

La vocación que experimentamos todos para realizarnos en el amor, es un fundamento radical de nuestra existencia como persona humana. «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y más grande mandamiento. Y el segundo es semejante: ´Amarás a tu prójimo como a ti mismo´. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas». (Ver Mateo 22, 36-40). La amistad es un camino concreto para vivir ese llamado, que resuena en nuestro interior. Cuánto mejor aprendamos a vivir la amistad, mejor vamos a responder a esa vocación y, por lo tanto, seremos más felices.

Por lo tanto, es necesario el encuentro con los demás. Algo interesantísimo es que, por medio de esa entrega y apertura de nuestro corazón, conocemos cada vez mejor quiénes somos en verdad. Como personas, estamos llamados al encuentro. Precisamente, cuánto más vivimos esta identidad personal, mejor nos conocemos.

Dios, desde su infinito amor, crea al hombre a su imagen y semejanza (Ver Gen 1,26-17), y le concede una estructura interior que lo mueve a desplegarse en el Amor; esa vocación al Amor es el único camino auténtico. Lo deja claro San Pablo, en su carta a los Corintios, cuando dice que «aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha» (1Cor 13,3). Un amor pleno que sólo Dios, en Cristo, nos puede enseñar. «Por tanto, yo os pido por el estímulo del vivir en Cristo, por el consuelo del amor, por la comunión en el Espíritu, por la entrañable compasión, que colméis mi alegría, siendo todos del mismo sentir, con un mismo amor, un mismo espíritu, unos mismos sentimientos. Nada hagáis por rivalidad, ni por vanagloria, sino con humildad, considerando cada cual a los demás como superiores a sí mismo, buscando cada cual no su propio interés sino el de los demás.» (Fil 2, 1-4).

«Para que en mi corazón pueda germinar el amor, debo, en primer lugar, reconocer concretamente y admitir la dignidad personal del Otro» (Ignace Leep, La comunicación de las existencias, Buenos Aires, Carlos Lohlé, 1980, p.101). La amistad permite reconocer a la otra persona, pues descubro en ella, la misma apertura al encuentro, que experimento en mi interior. Dicho esto, podemos entender como la felicidad se vive a través del encuentro personal entre amigos. “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. (Juan 15, 13)

La búsqueda de amigos es una de las motivaciones para existir, y nos ayuda a descubrir el sentido y propósito de nuestra vida, pudiendo llenar el vacío existencial, que todos llevamos en nuestro interior. Estos anhelos interiores, nos abren a una dimensión de la existencia, que trasciende los límites de este mundo material. Y nos abren a la dimensión espiritual de la existencia humana, que solo Dios puede saciar. Por ello, la amistad con Dios es imprescindible, si queremos vivir el amor en su plenitud. “Dios es Amor” (1Juan 4, 8), y solamente, en la medida que nos nutrimos del amor divino, podemos manifestarlo y compartirlo con los demás.

Este camino no es fácil. Exige dedicación, esfuerzo, y se cultiva día a día. Abrir el corazón y compartir la propia vida toma tiempo, y es un trabajo de filigrana. Cada detalle es fundamental. Como un diamante que debe ser trabajado. Empieza como algo bruto. Luego, después de un largo trabajo, reluce hermoso, y se convierte en una pieza que brilla por su belleza.

Junto con el esfuerzo, exige la humildad. Humildad para mostrarse al otro tal cual eres. Sin máscaras, sin medias tintas. Sólo en tanto muestro al otro quien soy de verdad, es posible forjar una auténtica amistad. «Una característica fundamental del amor es la de que todas las buenas cualidades del amado se consideran como la expresión de su yo real, en tanto que sus faltas se interpretan como una negación de él». (D. y A. von Hildebrand, El arte de vivir, Buenos Aires, Club de Lectores, 1966, p.107). Los dones y talentos personales, así como toda mi identidad, viene de Dios y es un regalo para los demás. La vida que no regala Dios no es para esconderla, o para vivir encerrados en nosotros mismos. Sino para entregarnos y abrirnos a los demás.

Finalmente, no sólo se trata de una relación recíproca, sino de una comunión en vistas a un mismo ideal. Esa comunión será más plena, cuanto más valioso sea ese horizonte común. Si tenemos en cuenta que sólo Dios puede saciar nuestra búsqueda de infinito, entonces el horizonte con el cual se puede entrar en comunión por excelencia es Dios mismo. «Por lo demás, nuestra confianza en el amor de Dios es la base de cualquier tipo de comunión con otras personas». (D. y A. von Hildebrand, El arte de vivir, Buenos Aires, Club de Lectores, 1966, p.99). De esa manera, los dos se ayudan mutuamente para encontrar en Dios la plenitud de esa amistad. Al final, es Dios mismo quien nutre esa relación de amistad. Dios con su amor, no destruye ni cambia la naturaleza, sino que la perfecciona.

“San Pedro, en su escalera espiritual (2Pe 1, 5-7), resalta la filadelfía como un esfuerzo serio y decidido por hacer crecer y mejorar nuestras relaciones humanas. Vivir el servicio, salir al encuentro de los demás, ayudarlos según nuestras capacidades. Dejar de ser individualistas y egoístas”. (Kenneth Pierce, La escalera espiritual de San Pedro, Lima, Fondo Editorial, 2010, p. 166). Es un camino que Dios nos señala, y tiene su paradigma en Cristo, quien vivió ese amor hasta el extremo. Permitir –como decía anteriormente– que Dios sea nuestro horizonte común de amistad, implica seguir el ejemplo de Jesús, quien vivió la filadelfía con sus discípulos, hasta entregar su vida en la Cruz.

Pablo Augusto Perazzo, brasileño, vive en Perú desde 1995. Licenciado en Filosofía, Magister en Educación y tiene una especialización en Antropología Cristiana. Escribió el libro (2016): "Yo también quiero ser feliz". Hace parte del equipo de Catholic-Link, escribe también para la Revista familiar VIVE (Guayaquil) y colabora con el programa "Adolescente Feliz" en Radío María (Perú).