¿Cuándo vas a tomar en serio tu relación con Dios? 3 puntos a tener en cuenta

Por: Pablo Perazzo. (Tomado de Catholic-Link)

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?», les preguntó Jesús. Simón Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mateo 16, 15-16). ¿Qué me dice a mí esta pregunta? Es muy directa: ¿Jesucristo es alguien real en tu vida?, ¿es una persona con quién te encuentras a diario?

Cuándo los demás miran tu manera de ser ¿pueden decir que eres amigo de Cristo?, ¿que te esfuerzas por tenerlo presente en tu día a día?, ¿tienes los espacios de oración necesarios para cultivar esa relación personal con el Señor?, ¿la responsabilidad de ser un testimonio vivo de Cristo es algo que mueve tu corazón en todo lo que haces?

Estas son algunas preguntas que me vengo haciendo estos días, y luego de escuchar este pasaje del Evangelio, no pude dejar de hacer este breve examen de conciencia.

1. ¿Cómo está mi amistad con Cristo?

¡No respondas esta pregunta a la ligera! Para mí es una pregunta muy importante. Señor, si eres mi amigo, sé que debo cumplir tus mandamientos. Tú mismo me lo has dicho en la Última Cena: «Si me amáis, guardad mis mandamientos (…) El que tiene mis mandamientos, y los guarda, aquél es el que me ama» (Juan 14, 15.21).

Sin embargo, descubro que me falta tanto para darte el espacio que mereces en mi vida. Entonces, tiene sentido hacerme esta pregunta: «¿Para mí, Jesús es a quien amo sobre todas las cosas?».

Es obvio que no puedo pasarme todo el día rezando. Como todos, tengo muchas responsabilidades, pero… ¿son fruto y reflejo del amor que Cristo derrama desde lo alto de la Cruz? Suele sucederme a menudo, que a veces paso casi todo el día sin pensar en Él.

Es más, termino el día y no le dediqué al menos un rato de oración, para conversar y compartir mi vida, mis preocupaciones, alegrías o luchas. Percibo cómo poco a poco me voy alejando, y cuando me doy cuenta, ya me resulta difícil rezar otra vez. Sé que es parte de la vida esos altibajos espirituales, pero… ¿Cuándo me voy a tomar en serio la amistad con Cristo?

¡Ojo! No estoy diciendo que no sea amigo del Señor. Pero —en esto creo que todos me entienden— veo que me falta mucho por ser otro Cristo, y como dice san Pablo: «Aún más, a nada le concedo valor si lo comparo con el bien supremo de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por causa de Cristo lo he perdido todo, y todo lo considero basura a cambio de ganarlo a Él» (Filipenses 3, 8).

Si me permiten hablar claro, hay cosas en mi vida a las que le doy más valor que a Cristo. ¿Mi trabajo?, ¿mis tiempos de descanso?, ¿mi diversión?, ¿mis metas u objetivos personales? Nada de estas cosas son malas, mientras no se interpongan a mi amor por Cristo.

Es más, si manifiestan y reflejan mi relación con el Señor, entonces pueden ser un testimonio edificante para los demás. Ahí lo dejo, como para que cada uno reflexione.

2. ¿Soy testigo de la verdad?

Así como la pregunta anterior, podría responder, sin titubear, que Jesús obviamente es la verdad. Pero a estas alturas de mi vida… cuando veo tantos años vividos como cristiano, y todavía considero la tibieza con la que vivo mi vida cristiana: «Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca…» (Apocalipsis 3, 15-16), me pregunto si realmente amo a Dios sobre todas las cosas.

No quiero que me mal interpreten. No soy negativo, ni quiero ser trágico. Pero vivimos en un mundo tan relativista, según el cual cada uno tiene su propia «verdad», y cada uno dice tener su «propio Dios», que percibo cómo lentamente esa idea difusa de un «ser supremo», se va infiltrando sutilmente en mi vida cotidiana.

¿Cómo lo percibo? Por ejemplo, en mi ardor apostólico. Como consagrado, el apostolado es algo central en mi vida, y suelo compartir con mis amigos el amor que siento por Dios. Pero me pregunto si hago todo lo que está a mi alcance por anunciar el Evangelio con todas mis fuerzas.

¿Seré tal vez un «signo de contradicción»?, ¿qué tanto juzgo al mundo desde las verdades del Evangelio?

3. ¿Tienes claro que Jesucristo es el único Dios?

Me permito hacerles unas preguntas, para que las piensen con calma: ¿Les queda claro que Jesucristo es el único Dios que existe?, ¿la segunda persona de la Santísima Trinidad, que se encarnó en el vientre virginal de santa María, y que es la verdad para cualquier persona sobre el planeta?, ¿cuántas veces por no querer generar situaciones incómodas, asientes con las «verdades» de otras posturas ante la vida?

Por supuesto hay que respetar la libertad que tiene cada uno para creer en lo que quiera, pero eso no significa que pueda existir más de una verdad. Actualmente, decir que Jesús es la única verdad, suena a escándalo. Es casi un crimen afirmar que las verdades evangélicas, reveladas por Dios mismo, son la única verdad.

No solamente creer en Cristo, sino creerle, cuando nos dice: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Juan 14, 6). Ser cristiano no es una conducta moral, sino seguir una persona real, que además transforma toda nuestra vida.

Reflexión final

Sé que las palabras finales de una reflexión o artículo suelen ser positivas y alentadoras, rescatando siempre las buenas intenciones y haciendo una exhortación para mejorar día a día. Pero, así como Jesús era duro con la hipocresía… y lo hacía por caridad, quisiera terminar esta reflexión con un pasaje de san Lucas:

«Si alguien se avergüenza de mí y de mi enseñanza, entonces yo me avergonzaré de él cuando venga en mi gloria y en la gloria de mi Padre y de los santos ángeles» (Lucas 9, 26). ¡Que el Espíritu Santo nos dé la fortaleza para proclamar siempre la verdad!

Pablo Augusto Perazzo, brasileño, vive en Perú desde 1995. Licenciado en Filosofía, Magíster en Educación y tiene especializaciones en Antropología Cristiana y Logoterapia. Escribió el libro (2016): "Yo también quiero ser feliz". Es redactor de contenidos para Catholic-Link, y colabora con la Revista familiar VIVE (Guayaquil). Es conductor de dos programas en Radío María (Perú): “Vive Feliz” y “Matrimonios felices en Cristo” y es fundador del proyecto Felicitas que promueve la felicidad cristiana en los matrimonios.