¿Por qué soy cristiano?

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Por: Pablo Perazzo.

¿Alguna vez te has hecho esa pregunta? Dar razón de la propia fe. Las respuestas son muy variadas. “Así me educaron mis padres…”; “Es tradición familiar…”; “Tengo mucha fe en Dios…”, etc. Eso no está mal, pero muchos de nosotros, debido a una ignorancia o una actitud poco comprometida, vivimos un “cristianismo a la carta”. Vivo las páginas del Evangelio que me gustan, y las que me son incómodas prefiero obviarlas. Somos de los que nos contentamos con la ley del mínimo esfuerzo, y entendemos la vida cristiana como un simple cumplir una serie de normas.

Otro problema que veo muy difundido actualmente, son personas que dicen tener fe, pero no suelen hacer una relación con las evidencias históricas, por ejemplo, de la Resurrección de Cristo. Vivir la fe cristiana sin esa referencia convierte nuestros esfuerzos en una necedad y locura, puesto que – como dice San Pablo – ese hecho histórico es el fundamento y razón de nuestra fe: “Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe”. (1 Coríntíos 15, 4). En otras palabras, tengo fe en Cristo, pues hay personas que son testigos de su Resurrección. Por lo tanto existe y necesitamos relacionarnos con Él. Lo esencial de la vida cristiana es esa relación personal de amor con Jesucristo. (R. Guardini, La esencia del cristianismo)

Tenemos que hacernos preguntas que nos permitan dar razón de nuestra fe. Que nos permitan ser testimonios ejemplares para las personas que piensan que la vida cristiana es algo pasado de moda. Además, como le pasó a Job – ese personaje del AT, que pierde todos sus bienes por una “apuesta” que hace el demonio con Dios, creyendo que Job dejaría de confiar en Él, si le quitaba todas las riquezas que tenía. Pero Job, hasta el final, confía en Dios y recupera todo. Pero queda la pregunta abierta: “Dios, ¿por qué a mí?” “¿Por qué dejas que todo esto me suceda?”.

¿Acaso el cristianismo me brinda respuestas para esos problemas de la vida? ¿Acaso mi fe católica sale al paso de los sufrimientos y dolores que vivo? Estas preguntas no son fáciles de responder. El dolor y el sufrimiento son experiencias que todos vivimos, y están presentes en cualquier cultura, pueblo, religión o filosofía. Las cruces que todos nosotros tenemos que cargar, unas más pesadas, otras más livianas, exigen una serie de actitudes, que no son fáciles, ni tampoco ligeras de vivir. ¿Cómo enfrentar el misterio del dolor? ¿Dónde encontramos una “respuesta o solución” para esas cruces? Es natural y comprensibles que nos preguntemos: ¿Por qué Dios que nos ama y quiere lo mejor para nosotros, permite que suframos?

En el mundo encontramos dos “posibilidades”. ¡Ojo! Muy comprensibles. No debemos escandalizarnos. La primera es la fuga. Huir y no querer enfrentar esa realidad que te hace sufrir. ¿Quién quiere sufrir? Eso va contra nuestros anhelos y deseos interiores. Una enfermedad, la muerte de alguien querido, situaciones muy adversas, problemas o la pérdida de un trabajo, etc. Buscamos el alcohol, drogas, una vida desordenada, placeres fáciles, la “tranquilidad” de una vida cómoda. La segunda salida es la resignación. Es decir, con algo de sentido común, vemos que estamos “obligados” a cargar esa cruz, y decimos: “Bueno… ¿qué vamos a hacer? Es la cruz que me toca. Hay que aceptar nomás.” Y así vivimos tristes, desconsolados, sin descubrir ningún tipo de sentido para ese dolor y sufrimiento. Eso no quiere Dios para nosotros. Solamente creyendo en Jesús, y creyendo en lo que nos dice, en su testimonio de Resurrección, somos capaces de aceptar y cargar el peso real del dolor que implican nuestras cruces diarias. Acepto y cargo todo el peso y gravedad de mis dolores, en tanto creo fielmente y pongo mi esperanza en la Vida que nos trae Jesús por medio de su Resurrección. A la inversa, entiendo la profundidad y misterio insondable de su Resurrección, cuando decido cargar y enfrentar las cruces que me toca, pues tengo la certeza que no tienen la última palabra. El amor misericordioso de Cristo tiene mucho más fuerza y poder que la oscuridad de la muerte.

«Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga». (Mateo 11, 28-30) Eso no significa que Cristo nos quita la cruz. Cristo mismo ha dicho que el que quiera, que cargue su cruz y lo siga. “Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí, la hallará”. (Mateo 16, 24) Además, recordando sus palabras a san Pablo: “Él me ha dicho: Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, muy gustosamente me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”. (2 Corintios 12, 10)

La segunda razón es que Jesús nos llama a una relación personal. La vida cristiana no es seguir una serie de enseñanzas, cumplir algunas normas, vivir rectamente. Ayudar a los pobres. Ser bondadosos y gentiles. Todo eso está muy bien. Pero lo esencial es la relación con Jesús. Nunca nos olvidemos un pasaje clave: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. (Juan 14, 6) El cumplimiento de los mandamientos, el ayudar a los más necesitados, ir a misa los domingos y muchas otras prácticas necesarias para vivir la fe católica, son fruto de este encuentro y relación con el Señor. Si no hay esa relación viva, dinámica y real con Cristo, entonces todo lo demás, poco a poco, va perdiendo sentido, y se convierte en una suerte de “moralismo”. Todo lo que tenemos – obviamente exige nuestra parte de cooperación – es gracias a la entrega generosa que hizo voluntariamente Jesús por nosotros. Además, le creo pues cumplió las profecías, cumplió sus propias promesas. Después de 3 días resucitó. Está vivo, y nos ha dado la victoria sobre el poder del pecado y la muerte.

Quiero mencionar una última razón, pues refleja una búsqueda pseudo espiritual que está de moda actualmente. El mindfullness y autoconocimiento que, se supone nos brinda el Reiki, el yoga y otras prácticas que buscan mirar hacia el interior por medio de esos tipos de relajación. Sin embargo, más allá de un pseudo encuentro consigo mismo y una experiencia real de paz que pueden brindar, no conducen al compromiso e involucración al que estamos llamados como personas. Si a la hora de relacionarme con “esa” persona o “esa” situación complicada o incómoda, prefiere salir por la tangente, entonces esos ejercicios no son más que herramientas para sentirnos bien y pacificar nuestro interior, pero no ayudan a que, por ejemplo, vivamos un compromiso e involucración responsable y madura con las demás personas, cuando viene de la mano con el dolor y sufrimiento. No es la “paz y tranquilidad interior” lo que me trae felicidad, sino la relación y encuentro con otros, ese “yo-tú-nosotros”.

No seamos como el hijo pródigo. (Lucas 15, 11-32) Tampoco seamos como el joven rico. (Mateo 19, 16-22) “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida?” (Mateo 16, 26). Como san Pedro digamos: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. (Juan 6, 60-69) “… el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios a quien no ha visto.” (1 Juan 4, 20) El amor que decimos vivir con Dios, vivámoslo con los demás.

Pablo Augusto Perazzo, brasileño, vive en Perú desde 1995. Licenciado en Filosofía, Magister en Educación y tiene una especialización en Antropología Cristiana. Escribió el libro (2016): "Yo también quiero ser feliz". Hace parte del equipo de Catholic-Link, escribe también para la Revista familiar VIVE (Guayaquil) y colabora con el programa "Adolescente Feliz" en Radío María (Perú).