¿Sabías que la oración tiene un valor infinito?

Por: Pablo Perazzo.

Sabemos todos, cómo necesitamos vivir medios espirituales concretos para ser cristianos. Desde los sacramentos —que son los medios ordinarios— por los que recibimos Gracia de Dios, hasta el rosario que rezamos con devoción a la Virgen María. Todos son medios, que tienen como fin ser hombres de Dios, que tengamos una vida en el Espíritu. Así como una persona que no come por muchos días puede morir de inanición; nuestro espíritu, si no es nutrido por la Gracia que recibimos por la oración, simplemente muere. Lentamente, pero muere. Por lo tanto, es imposible tener una vida espiritual, y ser cristianos si no tenemos vida de oración. Nuestro amor a Jesucristo, lo cual es la esencia de nuestra vida cristiana, muere si es que no lo cultivamos diariamente.

El hombre solo, no tiene el sustento que necesita para vivir en Gracia. No son nuestras obras o acciones concretas, las que nos hacen meritorios de la relación con Dios. Nos toca —como en la multiplicación de los panes— poner nuestros “cinco panes y dos peces” – pero es Dios, quien por el Espíritu Santo, derrama su Amor en nuestros corazones. Si nos alejamos de Dios, nos perdemos en la oscuridad. Nos alejamos de la Luz, que es Cristo. Nos volvemos incapaces de ver con claridad, y somos jalados de un lado al otro, por las pasiones y tentaciones, fruto de las concupiscencias; el mundo, que nos bombardea con sus mensajes e imágenes que oscurecen nuestra mirada y nos vuelven torpes para las cosas del espíritu; así como el mismo demonio, que arremete una y otra vez, para subyugarnos y hacernos esclavos de la desesperanza, una vez que caemos en el pecado.

Tristemente, ese oscurecimiento del espíritu tiene graves consecuencias en la manera como nos experimentamos a diario. Al principio sentimos que nos falta algo. Pero, creemos que las cosas están bien, cuando, en realidad, estamos cayendo en la tibieza y mediocridad. Hasta que sentimos la punzada del aguijón del pecado, y experimentamos el vacío interior. El sin sentido va cobrando vida y sentimos la necesidad de encontrar algo que sacie el hambre que percibimos. Todos tenemos y experimentamos un vacío interior. El punto es cómo lo saciamos. Si no buscamos a Dios, necesariamente vamos a buscar otro tipo de “savia”. Sabemos que solamente los sarmientos que permanecen en la vid, poseen vida y son limpiados por el viñador. Separados de la vid, solo hay muerte. Sin embargo, como no podemos permanecer tranquilos, hasta que no satisfacemos esa necesidad interior, buscamos otras respuestas en lo que el mundo nos ofrece. Si no saciamos nuestro corazón con medios espirituales, ponemos nuestro corazón en los tesoros que ofrece el mundo: el placer, el tener y el poder.

Aquí vale la pena precisar un punto que me parece esencial. No todo lo que buscamos o vivimos está mal. Puede ser que no lo buscamos a Dios como lo primero en la vida, y no lo amamos sobre todas las cosas. Pues están también nuestra familia, un trabajo digno, buenos amigos y otras tantas cosas que no están mal. Sin embargo, poco a poco, también pierden su auténtica riqueza, si nos alejamos del Padre. Solamente en la medida que, por medio de la oración y la vida espiritual, ponemos a Dios Padre, como lo primero y más importante de nuestra vida, es que todo lo demás se ordena y cobra su auténtico sentido y valor. Eso significa en concreto, aunque suene un poco duro decirlo, que nuestra misma familia, nuestros amigos y tantas otras —buenas— riquezas que tenemos, pierden poco a poco su valor para nosotros. En concreto, esto significa que, reconozco el valor y dignidad que posee mi esposa, mis hijos y valoro mi trabajo, así como mi vida en general, cuando es Dios quien me ilumina la inteligencia y calienta el corazón, para descubrir la dignidad y riqueza que poseen mi familia, amigos y todo lo demás en mi vida.

Mirándolo desde otra perspectiva, es Dios Padre —la primera Persona de la Santísima Trinidad— Quién pone todo en su debido lugar. Si el Padre está “en su lugar” correspondiente, entonces todo encuentra su justo lugar. El matiz, aunque suene un algo sutil, es fundamental. Para hacerlo más claro, si no es la “perspectiva” del Padre, que ordena nuestra vida, entonces somos nosotros mismos quienes ordenamos nuestras vidas, según los paradigmas que tengamos. Unos mejores que otros, pero siempre subjetivos. Y en la vida cristiana no se trata de hacer las cosas a mi manera, por más bienintencionados que seamos. Se trata de obedecer al Padre. Ordenarlo todo según el amor que le tengo a Dios, sobre todas las cosas.

Sabemos que Jesucristo es nuestro “Camino, Verdad y Vida”, pero Él mismo nos enseña cómo relacionarnos espiritualmente con Dios: “Padre nuestro, que estás…”. Es la única oración que Él nos enseñó. Toda mi vida, mis esfuerzos diarios, deben regirse bajo ese amor al Padre. Su mirada misericordiosa debe ser la perspectiva como enfoco todo en mi vida. Si no miro las cosas con los ojos del Padre, poco a poco, empiezo a ver las cosas a mi manera. Incluso mi vida espiritual, puedo “manipularla”… poniéndome a mí mismo en el centro de mis intereses, cuando, en realidad, es el Padre, quien sabe darle el justo “lugar” a todo lo que vivo y tengo en mi vida.

Necesitamos un criterio de objetividad. Jesús es la Verdad. Él mismo nos lo ha dicho. Pero, es Él mismo, como la Verdad, quien señala el Padre como la Persona a quién le debe obediencia. Jesús es el Hijo. Como Hijo debe obediencia al Padre. ¡Cuánto más nosotros mismos! Si regimos nuestra vida según nuestro pensamiento, aunque nos esforcemos por ser buenos cristianos, y no lo niego, seremos presa del subjetivismo. Es el Amor al Padre, por el Hijo, en el Espíritu Santo, lo que debe regir toda nuestra vida. La manera como miramos todo, cómo vivimos la vida, como amamos a los demás, como me esfuerzo por ser cristiano. Exhorto a que podamos comprender que no podemos vivir la vida cristiana, si no tenemos una rica y nutrida vida de oración. La oración, por lo tanto, es la piedra de toque para darle un recto sentido a nuestra existencia. Está en juego, por lo tanto, el sentido que le damos a la vida.

Pablo Augusto Perazzo, brasileño, vive en Perú desde 1995. Licenciado en Filosofía, Magister en Educación y tiene una especialización en Antropología Cristiana. Escribió el libro (2016): "Yo también quiero ser feliz". Hace parte del equipo de Catholic-Link, escribe también para la Revista familiar VIVE (Guayaquil) y colabora con el programa "Adolescente Feliz" en Radío María (Perú).