Babel y Pentecostés

Por: Rafael Ismodes Cascón.

Es curioso el texto que nos narra la historia de Babel. ¿Qué tendría de malo construir algo elevado? ¿No es el ser humano el gran invitado a hacer las cosas así? ¿Para qué se suscita en nuestro interior el deseo de grandeza si, después, Dios nos va a pedir hacer las cosas pequeñas? Haciendo una lectura más detenida del texto del Génesis se advierte que hay aspectos que están casi supuestos y que nos ayudan a entender mejor la situación.

En el momento de la creación de la humanidad Dios ordena ir por toda la tierra, crecer y multiplicarse. El mandato divino es expansivo, como el amor lo es. Dios no participa del espíritu mezquino que no quiere juntarse con los demás, que hace su bando propio, que sólo “jala agua para su molino”. Dios quiere que la persona humana salga al encuentro, que el hombre no se quede encerrado. Y en Babel se da lo contrario: se hacen una ciudad para no tener que estar en contacto con los demás (Gén. 11,4).

Sorprende también el ingenio babélico: se ponen de acuerdo, inventan un nuevo de modo de construir (con ladrillo, más flexible que con piedra), tienen ambiciones altas y diseñan, es decir: son creativos. Sin embargo, todos esos dones tan buenos se ven envenenados por la frase «nos haremos famosos» (Gen. 11,4). Tanto ingenio para hacerse famosos. Tanto poder para que los pueblos los admiren. ¡Todo parecido con nuestra realidad es “pura coincidencia”!

Contrasta la actitud de los apóstoles antes de Pentecostés. No podemos decir que destacaran por su inteligencia o sagacidad. Sabemos que se pelearon para saber quién era el primero. Cuando el Señor fue sometido a prueba desaparecieron: no fueron los más leales, ni los más organizados, ni siquiera los más ambiciosos. Tampoco inventaron nada nuevo. Ni pensaban en construir una ciudad. Cuando el Señor murió parece ser que sólo pensaron en cómo esconderse mejor. Sin embargo, me parece que Santa María supo convocarlos al cenáculo (donde fueron a refugiarse muertos de miedo por los judíos). Ella supo guiarlos en la oración. Podemos decir que el miedo y el fracaso los ayudó a ser un poco más humildes. Se dejaron guiar por la Madre.

El Espíritu irrumpió y se llenaron de la gracia de Dios. Los poco listos apóstoles fueron capaces de dar discursos bien elaborados. Los muertos de miedo ardían de amor y contagiaban entusiasmo por el calor del Espíritu que tuvieron (como la Madre). Iniciaron su prédica y empezó la ciudad cristiana: muchos se convirtieron. El Espíritu empezó a construir su Iglesia desde esa predicación que cautivó a miles de personas.

Pentecostés no sólo es el modo de “construir” la Iglesia sino, a mi juicio, todo aspecto de la vida humana. La Iglesia nace de la oración, dice Benedicto XVI. El esfuerzo del cristiano en la vida cotidiana está centrado en que todo aspecto del día a día surja de la oración, se haga vida en la acción y se transforme, por eso, en oración que se eleva al Padre en Cristo Jesús por la acción del Espíritu Santo. Todos los días vivimos un pequeño Pentecostés. El consagrar la jornada cotidiana, el ofrecer las intenciones del día, el meditar la Palabra de Dios en un momento de encuentro con Cristo, el ponerse bajo la guía de la Madre, el procurar ser humildes y reconocer con sencillez las propias capacidades. Todo eso forma parte de un hermoso todo que construye la senda de la santidad. Al mismo tiempo, toda acción será una oración hecha carne en la obra realizada con amor, con paciencia, con esfuerzo por ser mejor, en esperanza, siempre con la Madre.

Rafael Ísmodes Cascón nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es diácono y licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).