La imagen del Cristo milagroso no nos puede dejar indiferentes

Por: P. Rafael Ismodes Cascón.

Dice el libro de los Números, que el pueblo de Israel sufría, en el desierto, la mordedura de serpientes venenosas, y que, como consecuencia de eso, murieron muchos israelitas.

Al pensar en la geografía de nuestra ciudad, no deja de llamarme la atención el recordar que somos parte de una gran extensión desértica, de modo que la analogía con lo leído en las escrituras cobra mayor vida al meditar el texto.

En este espacio geográfico, desértico y elevado, hay también hoy serpientes venenosas que pueden estar matando a muchas personas de Arequipa: el chisme, la incapacidad para dialogar, los comentarios dañinos, las desconfianzas, las rupturas, la ambición de poder, el egocentrismo, la corrupción, la mentira o de la relativización de la verdad.

Serpientes venenosas que están haciendo daño a nuestra ciudad y que van destruyendo el entramado social, a lo que se suma la pérdida del respeto a la vida, el convertir a las personas en cosas, la permisividad con lo amoral, la pérdida del amor a la ciudad, a la historia, y la mirada desesperanzada o amargada con respecto al futuro.

No son serpientes abstractas. Aunque solo se han mencionado algunas, cada uno de nosotros tiene una o varias de aquellas serpientes en el corazón. Las peores son aquellas que habitan en nuestro interior y son ignoradas por nosotros; igualmente agresivas aquellas que están en nosotros, pero que consentimos su actuar.

Venir ante la imagen del Cristo milagroso no nos puede dejar indiferentes ante la presencia del mal en nuestra vida y en nuestra ciudad. Debemos venir a los pies del Señor, en primer lugar, reconociendo que Él está ahí, clavado y dolorido, para que nosotros podamos recibir su amor, su verdad, su vida y así infundirla en medio de tanta división, desinterés por la verdad, la vida, la auténtica belleza y el bien. Venimos en fragilidad, porque es el único modo de reconocer auténticamente al Señor de los Milagros.

“Hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto”, nos dice el Señor. Nada mejor aplicado que a una comunidad universitaria. La Universidad está llamada a “hablar de lo que sabe”: en este momento frágil de nuestra nación y ciudad, debemos asumir como misión primordial el no permanecer indiferentes ni silenciosos. No podemos esquivar la mirada.

Y, hoy, el Señor nos da una pauta: “Hablar de lo que sabemos”, que es que Cristo es La Luz del mundo, que Él es el camino, la verdad y la vida; que es El Salvador del género humano y que es el gran reconciliador, el unificador, el gran principio de unidad para la humanidad y para nosotros mismos. Es misión de la Universidad hablar de lo que sabe porque se reconoce como receptora de una verdad, que es una, y que es capaz de iluminar e integrar los diversos saberes y quehaceres del ser humano.

Por eso, debemos “dar testimonio de lo que hemos visto”. No es posible el silencio cómplice, la mirada temerosa, el esquivar el esfuerzo, o el pensar que el problema lo tiene que resolver otro. Cristo asume el dar testimonio de lo que ha visto, y por eso es llevado ante este madero. ¿Hasta dónde estoy dispuesto a dar testimonio de lo que he visto? Dado que la Universidad brota del corazón de la Iglesia, y que éste es Cristo, la Universidad debe hacer suya la misión evangelizadora incansablemente, con parresía, con visión evangélica, con caridad universal.

Cristo tuvo que ser levantado para que se viese que lo que era muerte y que, por su acción salvadora, se convirtiera en vida. La altura a la que nos conduce el Señor no es la de este mundo, que busca aplausos, reconocimientos, poder, honras públicas… La altura a la que hoy el Señor de los Milagros nos eleva es la altura del abajamiento; es morir para vivir; es entender que sólo donando la vida ésta se puede recuperar. El lugar donde el Señor invita a todos es el Gólgota salvador.

El Señor nos enseña que todo lo que sea muerte puede ser vida; que Él hace un mundo nuevo, que sólo se puede vencer al mal con el bien. Y, desde ahí, se muestra victorioso, vencedor, glorioso. Por eso lo adoramos como nuestro Salvador, por eso le pedimos que sea Luz en nuestro caminar, por eso nos ponemos bajo su cuidado amoroso, para que seamos de aquellos que están dispuestos a bajar con Cristo en servicio y muerte, para subir con Él en amor y gloria. “Porque tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

Texto editado a partir de la homilía por la Misa del Señor Milagros ofrecida por la Universidad Católica San Pablo.

Rafael Ismodes Cascón nació en Lima (Perú), en el año 1965. Es sacerdote y licenciado en Filosofía por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Ha sido profesor de en las universidades San Pablo de Arequipa (Perú), Juan Pablo II (Costa Rica) y Gabriela Mistral (Chile).