“El Instituto del Sur es una gran familia”

Arequipa 21/06/13, (Noticias Sodálites – Perú). Alfredo Rivera, con una formación laica que de joven se convirtió en un agnosticismo funcional, en su paso por el ISUR reencontró la fe, el valor de la familia y de la formación humana. Esta es la historia del Director Académico de una gran familia educativa.

Alfredo Rivera ISUR

“Yo no me entiendo sin la misión y sin la identidad sodálite en mi propia vida cristiana” sentencia Alfredo desde su escritorio de Director Académico del ISUR, que está cumpliendo 25 años de fundación. Asegura que “esta silla en la cual estoy sentado significa tres grandes cosas en mi vida: mi encuentro con el Señor, descubrir la misión que tiene para mí y la peregrinación por el camino en el que he madurado junto con mi familia en la fe y en el amor a Dios”.

En 1987 Alfredo se graduó de un prestigioso colegio laico —el colegio Max Uhle en Arequipa— que destaca por la exigente formación académica, del cual recuerda “por ser un colegio laico la formación religiosa era escasa”. Para Alfredo, más allá de una misa semanal y algunas actividades, la fe era relegada y privilegiaba su desarrollo académico-profesional. Por ello decidió no recibir el sacramento de la confirmación al graduarse, tiempo en el que incluso se consideraba un ateo lleno de dudas, un agnóstico muy respetuoso de la fe católica que sus padres y hermanas practicaban.

Su sueño al graduarse era estudiar Ingeniería de Sistemas en Chile, país sureño que a su padre Gilbert Rivera Díaz le pareció que estaba muy lejos y no le ofrecía seguridad por carecer de familiares allí. Alfredo entonces aceptó la propuesta de estudiar en la Universidad de Lima, ciudad en la que vivió con unos tíos. Sin embargo la vida de la capital no encajaba con Alfredo, quién rápidamente se propuso de nuevo estudiar en Chile y descartar Lima, no sin antes volver a su natal Arequipa.

A mediados de 1988, de vuelta en Arequipa, Alfredo y su padre sostuvieron un diálogo en el cual ambos concluyeron que viajaría a Chile en diciembre pero sin desperdiciar los meses que restaban hasta que terminara el año. Su padre Gilbert, hombre de empresa y de fe, era amigo de personas vinculadas a la génesis del Instituto del Sur (ISUR) —Alonso Quintanilla y Gabriela Cabieses de Rodríguez, la actual Directora General— que contaba con el respaldo del sector empresarial arequipeño y por ende de su padre. Alfredo aceptó ingresar al ISUR, que veía como una excelente opción considerando la situación de la educación superior en Arequipa.

Lo que inicialmente fue un semestre de prueba, en el que estaba aprovechando el tiempo antes de ir a Chile, se convirtió en el primer paso no sólo de su carrera técnica, sino más aun, de su vida de fe. Aunque no podía en ese momento categorizar lo que hoy ve con claridad, Alfredo recuerda que encontró inicialmente en el ISUR “una propuesta muy seria, muy bien armada, profesores de muy buen nivel, con mucha experiencia que ‘estaban ahí por darte algo’”. Vio que el ISUR “no era en realidad un negocio, se percibía que la preocupación éramos nosotros los alumnos. Una preocupación que evidencia la dimensión humana del proyecto educativo sodálite.”

Había iniciado un peregrinar que lo llevaría a descubrir la belleza de la fe y su llamado a ser parte de la Familia Sodálite. Alfredo recuerda sonriente y agradecido los profundos diálogos y edificantes discusiones con profesores de los cursos vinculados a religión, algunos miembros del Sodalicio —institución que aún no conocía mucho— que le permitieron ver más allá de sus grandes dudas y provocaron en él “una ventana que se iba abriendo poco a poco al descubrir que la fe y la razón iban de la mano. Yo que soy alguien racional pude encontrar en esa consonancia entre fe y razón una puerta que pude cruzar y a través de la cual encontré a Dios”. Su posición cuestionadora y cierta rebeldía, lo llevaron a interesarse en los cursos de formación humana a través de los cuales “Dios fue poco a poco dándome bagaje, sustento y un cimiento que me ofreció un lugar de dónde aferrarme y encaminarme cuando se plantearon las grandes cuestiones de mi vida”.

Tras esta experiencia de conocimiento personal y de la fe católica, Alfredo estaba listo para tomar otra gran decisión en su vida. Al llegar el plazo acordado, con mucha pena, su padre Gilbert se sentó de nuevo a conversar con su hijo pensando que había llegado la hora de Alfredo de partir a Chile. Grande fue su alegría cuando su hijo sorpresivamente respondió “no, me quedo. No creo necesario irme, al menos no por el momento”. El haber descubierto una propuesta no sólo seria y exigente académicamente, sino también humanamente sugerente, llevó a Alfredo a escoger el ISUR como el lugar donde estudiaría.

La excelente formación académica y humana que recibió Alfredo lo hizo un profesional capaz de asumir retos. Recuerda orgulloso que meses antes de concluir la carrera había recibido cinco ofertas de trabajo de empresas importantes de Arequipa, lo que le evidenció la valiosa formación que había recibido. Fue parte de la primera promoción en graduarse del ISUR en 1991 en la carrera de Computación e Informática. Tras evaluar las ofertas que se presentaron, decidió entrar a formar parte del Grupo Michell, un conglomerado de empresas de distintos rubros en la que se desempeñó como Jefe de Proyectos Informáticos de distintas empresas.

A sus 22 años, Alfredo fue invitado a ser docente del ISUR, reto que aceptó con la conciencia de que “se trataba de darle a otro lo que yo había recibido. Poder ser parte de eso significó para mí una responsabilidad y un halago”. Era 1994 y Alfredo en paralelo trabajaba para el Grupo Michell mientras impartía clases en el ISUR, experiencia que durante ocho años le dio una perspectiva que requeriría para tomar otra gran decisión en su vida.

En 1996 Alfredo decidió embarcarse en el proyecto más importante de su vida: formar su propia familia. Alfredo se casó con Mónica Chocano, una educadora limeña con quién uniría de manera ideal sus profesiones y capacidades. En la década de los ‘90 representaron en el sur del Perú a la franquicia estadounidense Future Kids –presente en 78 países- que aplicaba herramientas para educar a los niños en edad escolar en el uso de tecnología, un proyecto muy innovador para entonces. La franquicia tuvo gran éxito y por cerca de una década Alfredo y Mónica lograron tener cerca de 3,500 alumnos en convenios con colegios. Sin embargo el rápido avance tecnológico decreto también el fin de negocio. Siempre entusiasmado con la educación Alfredo se comprometió mucho más con el ISUR, del que era ya era Jefe del Programa de Administración de Sistemas, cuando se le propuso ser el Director Académico del mismo.

“Ya tenía unos 8 años como profesor del ISUR y como miembro activo del mundo laboral, esto me permitió contrastar muy claramente el clima laboral que proponía el ISUR, muy diferente del que proponía el mercado laboral” recuerda Alfredo, quien ya estaba seguro que “la misión que planteaban las autoridades del ISUR era altruista, era algo a lo que daban ganas de sumarse, que te inspiraba y te planteaba trascender. Me permitió conjugar mi seguridad laboral y entender que no tenía por qué oponerse a trabajar por el bien común“.

Dios le iba mostrando a Alfredo que su vida personal y familiar se iban enlazando de manera maravillosa al descubrir cada vez con más claridad que lo que le apasionaba de trabajar en el ISUR era algo que siempre había latido en el corazón del proyecto. “Hasta mi ingreso a Familia de Nazaret, lo personal y lo profesional parecían ir separados, pero al integrarme a esta asociación para esposos y conocer todo lo que estaba detrás del proyecto –el Sodalicio y la espiritualidad sodálite– empecé entonces a acercarme aún más al Señor”.

Su matrimonio daría otro gran paso como adherentes al Sodalicio, “cosa que fue una hermosísima noticia para mi esposa y mis hijos”. Sus hijos Ana Flavia, Santiago y Luciana crecieron en el ambiente de la familia espiritual, en el cual “ellos siempre se han sentido muy cómodos. Era algo muy bonito, muy natural” nos cuenta Alfredo.

Hoy, responsable de una inmensa y creciente comunidad educativa, Alfredo afirma con alegría que “a través de mi trabajo y la misión que el Señor tiene para mí al estar aquí, lo voy descubriendo día a día. Hay una relación muy clara entre mi trabajo y mi familia. La certeza del llamado del Señor de estar aquí y ayudarlo con esta gran familia educativa ha sido el camino que nos ha puesto delante a mi familia y a mí”, dos realidades que para Alfredo forman parte de una misma familia espiritual.

Alfredo Rivera es Director Académico del Instituto del Sur desde el 2003 y docente del mismo desde 1994. Egresado de la primera promoción del ISUR y Bachiller en Administración de Empresa por la Universidad de Tarapacá, es padre de tres hijos, y junto a su esposa son adherentes al Sodalicio de Vida Cristiana.