Vivir la realidad de la filiación, una propuesta cuaresmal

Martín Ugarteche - Vivir la realidad de la filiación - Noticias Sodálites

Por: Martín Ugarteche

El año pasa volando y aquí estamos en plena Cuaresma y, en el primer domingo de este tiempo, escuchamos el Evangelio de las tentaciones del Señor Jesús en el desierto, al cual fue conducido por el Espíritu Santo. En los últimos días, sobre todo virtualmente, pero también de manera personal, he escuchado algunas propuestas de medios para la Cuaresma, cosas a las cuales podemos renunciar, virtudes o defectos que podemos trabajar, sea para potenciarlos, o para disminuirlos, dependiendo del caso. En ese contexto, mis amigos del Movimiento de Vida Cristiana de Petrópolis me pidieron que comparta con ellos una meditación que los ayudase a vivir mejor la Cuaresma. Recordé entonces de un libro que leí hace algunos años, sobre la Parábola del Hijo Pródigo, del Padre Rupnik, llamado “Lo abrazó y lo cubrió de besos”. En concreto, una parte del libro quedó grabada en mi corazón: la interpretación de los versículos 17 al 20 del capítulo 15 de Lucas, momento en el cual el hijo pródigo “cae en sí” y decide regresar a la casa del Padre (Cf. “Lo abrazó y lo besó”, p. 50-51).

Lo que nos interesa en estas breves líneas es el discurso que el hijo ensaya, para cuando estuviese delante del Padre: “ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus empleados” (Lc 15,19) Rupnik explica que, en este discurso, de aparente sensatez y hasta humillación, se esconde la gran tentación de cerrarse en sí mismo, de querer por si mismo reparar de alguna forma el error cometido, sin la ayuda de Dios, solo. De esta forma, aún no siendo ya digno de ser llamado hijo, por lo menos podrá ser tratado como empleado.

El auténtico camino de conversión pasa, en contraste con el discurso ensayado por el hijo, por reconocer que nunca podremos negociar con Dios en igualdad. Nunca seremos dignos de ser hijos, ni aún ser sus empleados. Todo recibimos de Él gratuitamente, porque Él es infinitamente Bueno. Ninguna virtud, ninguna realización o renuncia humana nos convierte más dignos de la salvación, que Él, gratuitamente, nos ofrece con su Pascua, y para la cual nos preparamos en este tiempo de Cuaresma.

La toma de conciencia del propio pecado, del fracaso en la vida espiritual, es una experiencia muy dura, que si la enfrentamos solos, cerrados en nuestros esquemas, puede ser muy destructiva. Por eso, es importante que ese momento sea ocasión para reconocer que ningún pecado apagará en nosotros la realidad de nuestra filiación, recibida en el Bautismo. Y que, sin importar cuan dramática que sea nuestra situación, siempre podremos entrar nuevamente en nosotros mismos y escuchar el Espíritu del Hijo, que llama “Abbá Padre!” (Cf. Gl 4.6).

En ese sentido, mas que proponer algún medio concreto para la Cuaresma, mi propuesta es recordar cotidianamente nuestra filiación, aprendiendo de los ejemplos de Santa María y del Señor Jesús que, constantemente, como queda explícito en los momentos más decisivos de su vida, pronunciaron su “Hágase” a la voluntad del Padre. Pensemos, por ejemplo, en la Anunciación, en el caso de María, y de la oración en el Huerto de Getsemaní, en el caso del Señor Jesús. En esa hora dramática, el Señor Jesús dice: “¡Padre, si quieres, aparta de mi este cáliz! Pero, que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42).

Esta es mi propuesta para la Cuaresma: que todos nosotros nos unamos más al corazón del Hijo, para asumir nuestra identidad, escuchando los gemidos inefables que el Espíritu ya pronuncia en nuestro corazón. Es indudable, que cada uno de nosotros enfrenta situaciones difíciles, que desafían nuestra fe. Esas situaciones evidencias nuestras fragilidades y limitaciones. Vivamos esas experiencias como hijos: dejémonos salvar en todas ellas por el Señor Jesús, el Hijo, que es nuestro hermano mayor.

El Señor Jesús es, efectivamente, el hermano mayor, tal como debería ser el de la parábola del hijo Pródigo. Él no solamente se alegra con el Padre siempre que regresemos a la comunión de la casa paterna, sino que está dispuesto a salir a buscarnos, colocando en riesgo su propia vida. Dejémonos, en estos días cuaresmales, encontrar por Él, y digamos como Pedro, cuando se hundía en las aguas: “Sálvame”.

Foto - Martín Ugarteche - Sodalicio de Vida Cristiana (1)

Martín Ugarteche nació en Lima, Perú, en el año 1978. Es miembro del Sodalicio de Vida Cristiana desde 1996. Desde el 2001 vive en la ciudad brasileña de Petrópolis, en la comunidad sodálite “Mãe da Reconciliação”, donde desarrolla diversos proyectos de formación y evangelización de la cultura. Es profesor de filosofía en la Universidad Católica de Petrópolis.